Una gira con altura por las calles de Cuzco

Viernes 12 de enero de 2001
El mundo en primera persona

Por María Gabriela Epumer
Para LA NACION

En junio de 1999 fuimos con Charly García a tocar en Cuzco. Un viaje bastante largo, vía Santiago de Chile, con escalas varias y muchas horas de tránsito por los aeropuertos.

Hicimos una conexión a Lima, donde aterrizamos casi a medianoche y tuvimos que esperar hasta la mañana siguiente para tomar el último avión.

Al menos, a esas horas, la ciudad parecía bastante densa y los alrededores del Sheraton estaban repletos de lugares extraños y cabarets para turistas.

Yo quería dormir, pero como no tenía demasiado tiempo dejé el equipaje en el hotel y me fui con los chicos del grupo al casino.

Nos sentamos en la mesa de black-jack y anduvimos tan bien que nos pasamos toda la noche jugando.

Cuando finalmente amaneció nos condujeron a un aeródromo muy chiquito y tomamos un avión privado contratado por la organización hasta Cuzco.

Era una avioneta diminuta que definitivamente no inspiraba demasiada confianza, pero milagrosamente llegamos a destino.

Como yo soy algo hipocondríaca, apenas aterrizamos empecé a sentirme un poco mal. Me advirtieron que el malestar se debía a la diferencia de altura y me recomendaron tomar mucho mate de coca, la poción mágica contra el apunamiento.

Gruesos paredones

Nuestro hotel era un viejo monasterio de estilo barroco con paredones muy gruesos.

En la puerta siempre había un grupo de vendedoras de ponchos y platería que apenas llegamos me preguntaron el nombre.

A partir de entonces, cada vez que salía me decían, señorita María, cómpreme esto, cómpreme lo otro, qué lindo le queda a usted, tan blanquita. Y me seguían por todos lados.

Así empecé a caminar por las callecitas de Cuzco, una ciudad colonial muy pintoresca, con la sensación aplastante del soroche (como ellos lo llaman) que parecía empeorar con cada subida y bajada.

Tomaba un mate de coca tras otro, pero no había caso. El lugar era espectacular y yo sentía una prensa que me apretaba la cabeza.

Caminaba dos pasos y me agotaba, me faltaba oxígeno, de noche no podía descansar y tenía pesadillas.

Pero Cuzco es una ciudad mágica. La acústica es muy extraña y no sé si es la energía o qué, pero me hizo sentir una paz muy especial.

Y así llegó la noche del show. El escenario era alucinante, estábamos en medio de los cerros y hacía un frío terrible con temperaturas que descendían bajo cero.

En total fueron tres días y como después de tocar tuvimos que salir muy pronto, me quedé con ganas de llegar hasta Machu Picchu. Visité algunas ruinas por los alrededores, caminé un montón y saqué muchas fotos.

En resumen, a pesar del soroche y el frío que calaba los huesos, fue una experiencia inolvidable.

La autora es cantante, guitarrista y compositora.

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