María Gabriela Epumer: Por fin sola, pero con Darío

Domingo 23 de julio de 2000

La guitarrista de Charly García presenta su primer disco como solista y mira optimista el futuro. Tocará en Estados Unidos y su carrera crece. El amor también le sonríe, junto a Darío Lopérfido.

Se abre la puerta y arriba de unos zapatones con plataformas de colores hace equilibrio la silueta torneada de la tataranieta del cacique Epumer, famoso por ser el más bravo y noble de los indios ranqueles que habitaron las pampas siglos atrás. La descendiente acaba de lanzar su primer disco como solista después de tanto tocar la guitarra en bandas ajenas. Por eso en su departamento de la calle Dorrego hay un alboroto de bolsos y gente circulando desde la mañana, cosa que ha alterado sensiblemente los nervios de Nina, una gatita aficionada a dar brincos espeluznantes sobre la falda de las visitas. En medio del caos doméstico, la dueña de casa permanece cual Sai Baba.

“Si te viene bien, me quedo ya pintada para las fotos”, sugiere María Gabriela, al tiempo que vuelve a acomodarse bajo la mano de una maquilladora empeñada en dibujarle ojos misteriosos, justamente a ella que lleva en la sangre la leyenda de la dinastía de los zorros. Pero por suerte ni el delineador negro ni el labial con brillo habrán de velar la extraña belleza de esta mujer de 36 años y caderas prepotentes, tímida pero astuta para huir de las preguntas amenazadoras. Casi podría decirse que María Gabriela Epumer es un raro caso de justicia poética.

“En lengua ranquel, epumer significa dos zorros, y en la tribu mantenían la tradición de bautizarse según el animal al que cada familia adoraba. Mi tatarabuelo fue el cacique Epumer, un tipo escurridizo al que nadie podía encontrar. Era como un zorro: imposible de cazar”, cuenta, tras despedir al séquito de expertas en cosmética y calmar a la fiera, que ahora amenaza con trepar a un televisor de 29 pulgadas.

“En mi familia no le han dado mucha bolilla a los antepasados, salvo un par de tías que guardaron algunas cosas. Yo hice mis propias averiguaciones y, por ejemplo, Lucio V. Mansilla le dedicó al cacique Epumer un capítulo entero en su libro Una excursión a los indios ranqueles. Ahí supe que cuando tomaba aguardiente el tipo se ponía bravo, que era grandote pero muy elegante, temerario, de sentimientos nobles. Incluso describe a una de sus mujeres, una india de belleza envidiable. Quedan todavía algunas reservas ranqueles en La Pampa, con las que mantengo contacto, también con otros familiares lejanos que son mapuches, porque además somos descendientes de Ceferino Namuncurá. Pero desafortunadamente a fines del siglo XIX la campaña del desierto no dejó muchos indios vivos. Después de muchos años, los hombres de Rosas lograron apresar a mi tatarabuelo. Encadenado se lo llevaron a la isla Martín García, y como era exótico tener sirvientes indios, el senador Cambaceres, hermano del escritor, se lo llevó a su casa de Bragado. Pobre, cómo habrá sufrido al perder su libertad que al poco tiempo murió de tristeza…”

En la ruta genética de la guitarrista predilecta de Charly García hay una leyenda de excesos y epopeyas, una andaluza y un indio de pura cepa fundidos en la piel blanca y la mirada de flecha de esta chica que muta en otra cuando habla de música. “Papá es morocho, reindio. Yo soy más bien carapálida. Nací en la ciudad, pero tengo espíritu indio, y eso me honra. En mi timidez, muchas veces me siento como encerrada en una toldería, meditando. Sin embargo, subo a un escenario y es como un desahogo, está todo bien ahí.”

Todo bien ahí nació en Villa Devoto, y bajo esta apariencia contenida hubo una malcriada como pocas que tomó la mamadera hasta los 5 años, que se emperró en comer sólo papas fritas y llevar a la escuela una frazada sucia en la que andaba envuelta todo el día. Un racimo de caprichitos permitidos sólo por ser la menor de tres hermanos y llegar al mundo una década después de que sus padres descartaran la idea de aumentar la progenie. De muy niña, la mimada de los Epumer dio pruebas de haber heredado las aptitudes musicales de la familia. Nieta del guitarrista de Agustín Magaldi -rebautizado Espumer para disimular la procedencia-, hermana de Lito y sobrina de Celeste Carballo -hermana menor de Dora, su mamá-, María Gabriela vio la luz con la guitarra bajo el brazo.

“Horrible: era muy tímida y me costaba mucho vincularme. Para colmo, se reunían todos a tocar en mi casa. Mi primo con la batería, un tío que improvisaba sobre bases de rock, mi hermano y los amigos, la tía Celeste, y cuando llegaba mi turno me escondía debajo de la mesa o me encerraba en el baño para que no me vieran cantar… Dale, vení, decían. Pero era imposible imponerse entre todos ellos, eran una vorágine. Encima, mis padres fueron muy cariñosos, comprensivos y permisivos: si no quería comer no insistían, si no quería estudiar tampoco pasaba nada. Tenía pocas amiguitas. La gente hoy me dice: ¿cómo es que sos tan tímida y tocás con Charly delante de 20.000 personas?” Apenas entró en la primaria afloraron esas inquietudes innatas: ahí nomás la anotaron en cursos de piano y danzas clásicas, actividad que practicó sin interrupción hasta los 30 años. Pasó por las escuelas de Olga Ferri y Clotilde Freire. Más tarde, estudió las técnicas de danza contemporánea de Fredi Romero y Ana Itelman. No se perdía ni un recital del grupo Madre Atómica, donde su hermano tocaba junto a Pedro Aznar y al Mono Fontana, mostruos que escuchaba con las manitos apuntalando los cachetes. Así descubrió que era imposible escaparle al destino: cumplidos los 10, la promesa partió a estudiar guitarra con Jorge Stirikas, profesor y compositor del teatro Colón.

“La música es todo. Me podía expresar, podía mostrar algo de mí. Al fin me animaba a llamar a alguien para decirle: ¿vamos a tocar la guitarra? Tenía 13 cuando Claudia Sinessi y el Mono Fontana me ofrecieron debutar con Los desconocidos de siempre. Fue bárbaro, porque como también acompañaba a mi hermano a zapar al bar Jazz&Pop, todo era un aprendizaje y un desafío constante. A los 15 grabé mi primer disco con María Rosa Yorio, y no paré. Le dije a mamá que no quería ir más a la escuela a perder tiempo. Venía muy tarde de ensayar y a la mañana siguiente iba dormida a clase. Además, no me interesaba. Yo estaba en otra.”

Durante su paso por Rouge, donde tocaba con su amiga Claudia, un día apareció un productor en busca de un grupo de chicas para grabar.

¿Quiénes son estos caranchos?, preguntó aterrado Bernardo Bergerac al asomarse por la puerta y ver a unas mujeres pintarrajeadas con los pelos batidos y un atuendo terrible esperando en el hall.

“El tipo se escondió y no nos quiso atender. Al día siguiente volvimos, bajamos un poco el look y le tocamos Tocando fondo. Abrió la agenda y dijo: graban en un mes. En dos, Viuda e hijas del Roque Enroll fue un boom. Era la época dulce del pop y no había ninguna banda como la nuestra. Fue una fórmula explosiva: éramos chicas, raras, nos divertíamos ridiculizándonos, vestíamos bien kitsch. Ganamos mucho dinero. Con Llolypop, el segundo disco, vendimos 200.000 copias. Yo tenía apenas 19 años…”

Un lustro de éxito: las viuditas vendieron a rabiar, recorrieron el país y llenaron el Luna Park. Llegó la fama a la familia Epumer, aunque a Celeste ya le iba muy bien en esa época con Me vuelvo cada día más loca.

“Jamás fui narcisista, siempre fui muy tranquila en ese nivel. Creo que eso me ha permitido tocar con Charly desde hace siete años. El sabe que jamás me voy a subir al talento ajeno ni voy aprovechar la fama de nadie. Creo que el éxito es algo pasajero. Sin ir más lejos, en Viuda e Hijas… no podías mostrar virtuosismo. Yo no soy virtuosa, pero no había espacio para individualidades. Eramos un bloque de voces, ropas y sonido y nadie se lucía de más. Entonces no era como ahora, que si bien es difícil grabar en una multinacional, es posible hacer el disco en tu casa. Por ejemplo, yo me monté mi salita de ensayo, alquilé las cosas, lo terminé sola y me asocié con el sello DBN, pero si querías salir al mercado necesitabas estar dentro de una compañía, como nosotras en Interdisc, con Pelo Aprile. Estábamos a punto de grabar el cuarto disco, en 1985, y la compañía entró en convocatoria de acreedores. Un día fuimos y la puerta estaba cerrada. Se habían ido todos, incluido el dueño.”

De abogado en abogado, cartas documento y broncas, Viuda e Hijas dejaron de tocar, hasta que un día el grupo se disolvió sin querer. Tras el duelo y tres años solita, en 1988 formó otra banda femenina. Pero Maleta de loca editó el disco en plena hiper-inflación.

“Una desgracia…, pero nunca abandoné, no podría. Soy de salir a pelear y no de andar lamentándome por los rincones. En esos momentos trabajé con mi tía en un disco, hice giras con Lerner, porque no tenía plata, aunque fue una gran experiencia. Pasé por todas las etapas, desde fabricar ropa y tocar hardcore con el grupo de mi prima Flopi hasta participar en un seminario con Robert Fripp y subir al escenario del Lincoln Center con Charly y Mercedes Sosa. También con Fernando Samalea, que toca acid jazz, sacamos un disco con Fats Fernández. Es difícil de entender, pero para mí la felicidad es tocar la guitarra donde me escuchen, donde la gente me reciba bien. No aspiro a agotar ventas. Tocar para otros fue una búsqueda, no quería llevar adelante un proyecto propio. Sólo ahora, con Perfume, encontré mi identidad.”

“De política no sé nada ni quiero saber”, dispara apenas le preguntan cómo se le cruzó en el camino una disciplina tan distante de la suya y con la que lleva tres años de relación, y uno y medio de convivencia en el soleado departamento de la calle Dorrego.

Fue un añadido inesperado, dice. A Darío Lopérfido lo conoció en el cumpleaños de una amiga en común cuando él era subsecretario de Cultura de la ciudad y ella no entendía ni mu de subsecretarías.

“En casa él es Darío y punto. Tratamos de aprovechar las pocas horas que tenemos para vernos, porque justamente nuestros intereses son distintos, como nuestras vidas también lo son. Yo no ando aparentando nada en ninguna fiesta, ni me meto en sus cosas. Al revés: él viene más a mis recitales, porque le gusta la música. Pero la gente es invasiva y algunos me internan, y eso que por ahí nos vemos una hora y media, a la noche… Yo soy bastante frontal. No voy a perder mis pocas horas con él para transmitirle mensajes ajenos”, aclara, a punto de encerrarse en la toldería y clausurar la entrada.

“Lo que pasa en el país me afecta, nos afecta a los dos. Lo único que yo puedo hacer es seguir haciendo música y no instalarme en la queja.”

Seguir el mapa de su instinto le trajo felicidad: irá a Los Angeles para tocar como invitada en House of Blues. Hay dos sellos españoles interesados en su disco y espera grabar con su parienta la cantante mapuche Beatriz Pichi Malén. Fiel a su estirpe, lo más sabroso para ella es crecer solita. Libre y solita.

Texto: Marina Gambier
Fotos: Daniel Pessah

“Por ahora, todo bien…”

La pareja con Darío parece establecida. ¿Piensan tener hijos? Ja, ja, ja… Se conversa cada tanto, el tema. Me gustaría, puede ser muy nutritivo tener un hijo, algo importante para el crecimiento. Está en nuestros planes, pese a que no soy muy paciente, quizá porque soy medio chiquilina todavía. Uno no renuncia nunca a esa parte de niño, es la parte con la que se crea, con la que uno juega…. Pero tener chicos está en los planes de los dos. Estamos bien, queremos compartir más cosas. Igual, nada es siempre estable, hay que ver cómo nos adaptamos a lo que sigue. Yo no soy de instalarme en una cosa, pero por ahora no tengo ganas de partir.

LANACION.com

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