Epumer & Lopérfido

01.08.2000

El romance de la guitarrista María Gabriela Epumer y el vocero Dario Loperfido.

Ella le dejó un mensaje en el contestador, Hola Darío, soy María Gabriela, te llamaba para invitarte a mi cumpleaños, y después la fecha, la hora y el lugar, sin ningún énfasis excesivo, como si fuera uno más en su lista de amigos, como si no fuera la primera vez en la vida que lo llamaba por teléfono. Ella le dejó un mensaje en el contestador, Hola Darío, soy María Gabriela, te llamaba para invitarte a mi cumpleaños, y después la fecha, la hora y el lugar, sin ningún énfasis excesivo, como si fuera uno más en su lista de amigos, como si no fuera la primera vez en la vida que lo llamaba por teléfono. El le había dejado su tarjeta: deseaba pero no esperaba ese llamado. Lo primero que piensa todo enamorado es que no será correspondido. Si creyéramos que atraer a la persona amada fuera sencillo, ¿qué gracia tendría intentarlo? Seleccionó su mejor traje y su mejor corbata -sólo él podía distinguirlos entre tantos modelos casi idénticos-, salió a la calle y compró el regalo. Tenía que ser El Regalo o, si no, sería un fracaso, mejor no llevarle nada. Trabajó durante todo el día con el piloto automático: se le mezclaban los nombres y las cuestiones de todos los tipos que atendía en su elegante oficina de la Subsecretaría de Cultura de la Ciudad de Buenos Aires, en Avenida de Mayo. Cuando el último de los empleados se fue a su casa, se quedó solo, haciendo huevo, esperando la hora, la-hora-apropiada para hacer acto de presencia en el cumpleaños de ella, la estrella de rock.

Entró en el restaurante con el paquetito en la mano. Buscó entre las mesas y encontró la de ella. En cuanto la vio rodeada de sus amigos, supo que la pasaría mal. Se quedó tieso, encerrado en su traje; la corbata era una horca que no lo dejaba respirar entre tanto peinado nuevo, tanta gente moderna. Los comensales lo identificaron como El Pretendiente. Eso era. Han pasado cuatro años desde entonces. Ahora Darío Lopérfido y María Gabriela Epumer viven juntos y planean casarse. El es el vocero presidencial y el secretario de Cultura y Medios de la Nación. Ella acaba de presentar su segundo disco solista y es la guitarrista de la banda de Charly García. A pesar de lo incómodo de aquella noche, El Regalo funcionó. A María Gabriela le gustó el disco de Martirio.

“Mi niño tiene ojitos de gacela, cuando lo miro se abren todas las cancelas.” (Frase incluida en el booklet de Coplas de madrugá, de Martirio)

Cuando se hace un silencio, ella pide palabras, aunque sea un comentario sobre el frío. Darío no llega. La llamó por el celular, le juró hace una hora que estaba en camino y los ojos de María Gabriela van disimuladamente del reloj a la puerta y de la puerta al reloj esperando noticias de su amado. Ojalá que Chupete no le haya pedido que se quede, ojalá que no se tenga que ir para Olivos. Esta será la primera y la última vez que van a hablar de cuánto se quieren y quedaría muy mal dejar plantados a los periodistas. Pero no. Escuchamos el traqueteo de la llave en la cerradura. Ella propone mirar hacia otro lado, propone indiferencia. Ese es su estilo y hasta ahora no falló.

En realidad no se conocieron al mismo tiempo. Cuando los presentaron, él ya tenía en la cabeza el mapa perfecto de sus piernas, detrás de la guitarra, en el video del unplugged de Charly García. Una vez había intentado hablarle: fue en el Rojas, y tenía una buena excusa. Como director de ese Centro Cultural había organizado unas jornadas en las que tocaba ella. Cuando la vio sentada en el bar, soportó estoico ese rojo intenso y delator en las mejillas para presentarse formalmente. Pero claro, la reina de la canción no se fijó en formalidades. Ella musitó algo parecido al mucho gusto en versión desinteresada, y continuó su animada conversación con el antropólogo Carlos Martínez Sarasola, que investigó la genealogía de su familia.

-Cuando dirigía el Rojas, organizamos un congreso que se llamaba El indígena en la ciudad, sobre cómo vivían y a qué se dedicaban los indios lejos de su lugar de origen. Había charlas, conferencias, exposiciones durante cuatro días. Y ahí tocaba María Gabriela, que era una india que vivía en la ciudad. (María es la tataranieta del cacique Epumer, a quien Lucio V. Mansilla dedica un capítulo completo de su libro Una excursión a los indios ranqueles.)

-Te hiciste el lindo, por eso no te registré.

-Luego pasó el tiempo y coincidimos en el cumpleaños de Alina Gandini, nuestra única amiga en común. Y ahí te di mi teléfono, te dije si necesitás algo, llamáme. Y me dejaste un mensaje en el que me invitabas a tu cumpleaños. Fui. Ya estaba dispuesto a todo. Después te llamé para salir.

-Y no paraste más.

-Nunca más paré. Y ahí nos pusimos de novios.

El 24 de marzo de 1976, el mismo día del golpe de Estado, Angel Lopérfido, un militante de izquierda sin partido, fue despedido del diario La Razón, donde trabajaba como delegado gremial de los obreros gráficos. La llegada de la dictadura representó para la familia el inicio de un largo período de inestabilidad económica y familiar. Darío, el hijo de don Angel, debió arremangarse.

-A los 16 años, en el 79, la situación no daba para más en mi casa. Tuve que dejar la secundaria y empezar a laburar. Trabajaba como cadete, de 10 a 18, en una agencia de publicidad. Era muy chico para laburar tanto, pero bueno, juntaba algo de guita, le daba a mi vieja y con lo que me quedaba invitaba a mis novias al cine y me compraba discos de rock. Me gustaban Yes, Led Zeppelin, íbamos todos los sábados a ver La canción es la misma al Lara, el único cine del mundo en el que vos llegabas y saludabas a los que estaban por entrar. Yo tenía el pelo largo, larguísimo. Me lo corté en el 83, cuando salí sorteado para la colimba.

Un día se despertó muy enojada, armó una valija y les comunicó a sus padres que se iba. En esta familia nadie me escucha, le dijo a su mamá, con el gorro puesto y una bufanda que llegaba hasta el piso. Tenía 5 años y la mamá no la detuvo. Al contrario, la acompañó hasta la estación de tren más cercana y esperó el tiempo necesario para que se arrepintiera y pidiera upa. Entonces buscó una estrategia distinta para hacer lo que más quería y no se animaba: cantar una canción completa. Cada fin de semana, los Epumer y los Carballo, hermanos de su madre, hacían reuniones musicales. Cada cual llevaba su repertorio, fijo y definido: a nadie se le hubiera ocurrido que el tío Eduardo cantara los tangos que entonaba la tía Celeste. Sería un sacrilegio. María Gabriela buscó un tema inédito en el repertorio familiar y, en cuanto encontró un silencio, desde abajo de la mesa entonó “Rosa, Rosa” de principio a fin, con un solo error: en su boca, la erre sonaba como una de.

La guitarra como un objeto de deseo se dibujó después de la muerte de su abuelo, Juan Epumer, un señor que se hizo pituco porque era lo que se esperaba de él como guitarrista de Agustín Magaldi. Pero a sus nietos no les interesaba el tango: sólo se acercaron a las guitarras con la música progresiva. María Gabriela tendría 9 cuando Lito, su hermano mayor, empezó a hacer punteos en su cuarto, y 10 cuando decidió imitarlo. Más o menos en 1972, conoció a Charly García. Sui Generis era telonero de Madre Atómica, el grupo de Lito, y la nena de pelo largo lo vio caer, largo como era, de boca sobre el escenario. Cuatro años más tarde, bien precoz, María Gabriela tocaba con María Rosa Yorio y sabía que lo suyo era el rock & roll. ¿Para qué ir a la escuela? La dictadura hacía las clases cada vez más pesadas, y no era para ella eso de levantarse temprano después de haber tocado en trasnoche. La dejó. Mamá estuvo de acuerdo. Todo estaría bien mientras ella hiciera lo que debía. Quizá por esa confianza que había entre las dos, la única vez que sintió que la dictadura la amenazaba invocó su nombre. Un Falcon verde casi la chupa; le pidieron documentos, la querían llevar. Ella les dijo que antes le tenían que pedir permiso a su mamá. Según María Gabriela, la vieron tan estúpida que la dejaron ir.

Darío Lopérfido sacó el 492. Imposible salvarse: desde el 350 en adelante, entraban todos. No era fácil hallar un muchacho interesado en servir a la patria en 1983, un año después de la Guerra de las Malvinas.

-Los momentos previos a mi incorporación fueron ceremonias muy tristes, con mi novia que lloraba y mis amigos que me abrazaban como si fuera a la guerra. Todavía estaba demasiado fresco el recuerdo de Malvinas. Los primeros cincuenta días, durante la instrucción inicial, me mataron, me hicieron mierda. Después me emplearon como cadete, y las cosas mejoraron. A los ocho meses se hizo un sorteo entre los que no teníamos días de arresto y salí de baja. Mientras los que íbamos a salir estábamos festejando, un compañero mío, un pibe que no había salido sorteado, se pegó un tiro. Así, al toque: se fue caminando y se pegó un tiro con su propio fusil.

-¿Cómo se llamaba?

-Omar. Todavía me acuerdo de cuando llegaron los pibes enloquecidos, llorando. Fue bien feo, una historia bien negra. Al poco tiempo, un chico al que yo consideraba mi mejor amigo, Fabián Cosentino, se ahorcó en su habitación. Fue una tragedia insoportable e incomprensible para mí, porque Fabián no dejó ningún tipo de pista; los amigos nunca supimos por qué lo hizo. A esa altura de su vida, sólo tenía futuro; no había ningún fracaso que permitiera entender una decisión como ésa. Me produce mucha angustia la idea de la muerte. Por eso después me atrajo el existencialismo, el pensamiento de [Albert] Camus y de [Jean-Paul] Sartre. Me parece muy irritante que la gente se muera, y entonces pienso en que tenemos esta vida, la única, y que tenemos que vivir el placer sin culpa, como una acción liberadora de la angustia. Lo material no es importante; los cargos no son muy importantes; nada es demasiado importante. Lo importante es vivir, porque la vida es finita. El miedo a la muerte no es paralizante; es como una letanía, un gusto desagradable en la boca que me acompaña siempre.

Se delinea los ojos dibujando un punto en el centro, como si bajo cada párpado estuviera a punto de caer una lágrima negra. Es un efecto similar, aunque en negativo, a ese destello blanco que aparece en los ojos de los personajes del animé japonés. Un único detalle distinto que le da un aire de muñeca distante. Es una chica de elegancia sencilla que gusta de tomar café con leche con espumita cuando el frío y un show inminente parecen pedir a gritos un whisky. Pero ella no cultiva el exceso. Le teme. Su voz, dice, se parece a la de la conciencia. María Gabriela sabe decir que no.

-Probé de todo, pero acá estoy, intacta. El único desborde que me gusta es cuando estoy tocando, y no tiene que ver con las drogas. Mantengo el equilibrio porque siempre estuve ahí, conozco el rock desde chica y no me tienta la mística del descontrol. Siempre me dejaron libre, no me tuvieron que enseñar lo que se podía hacer y lo que no. Yo elegí sola. Hice un recorrido y elegí.

Todavía le duelen, igual, los que quedaron en el camino. Los 80 la encontraron haciendo canciones como por arte de magia y cruzándose en los escenarios con Los Abuelos de la Nada, con Virus, con Charly… Era famosa y ganaba dinero con las Viuda e Hijas de Roque Enroll. Pero eso no fue suficiente como para que recuerde aquellos años como felices.

-He visto a la gente volverse loca al lado mío. He visto a la gente morir descontrolada. Me causa mucha tristeza recordarlo.

-¿Alguna vez fuiste a ver a las Viudas?

-No, pero me gustaban, me parecía que estaban bien… En realidad, sí, las vi una vez en el Velódromo…

-Pero me ignoró.

-…era uno de esos ciclos que hacía la Municipalidad; yo había ido a todos los conciertos, y en uno tocaron ellas.

-Ya eras afecto a lo municipal…

-(Se ríe.)… Las vi ese día, pero no fui al show que hicieron después en el Luna Park, en esa etapa medio infantil de ellas…

-Ojo con lo que decís (risas)…

-En serio, iban a verlas muchos pibes chiquitos, y yo era un tipo muy prejuicioso, muy solemne.

-Muchos de los que gustan ahora de nuestra música, entonces nos odiaban. Nos tenían un poco de envidia, vendíamos 50 mil discos y las cuatro teníamos una formación musical. Nos criticaban por cuánto nos producíamos, pero después aparecieron unos caballeros con los labios pintados de negro y el jopo bien batido. Había una bronquita porque despertábamos algo.

-Entonces me parecía interesante lo que ellas hacían, pero no era lo que se supone iba a ver un rockero. Con las Viudas apareció un grupo que quería mostrar un concepto que incluía la ropa, el aspecto y la música. En los 80 el rock dejó de ser esa cosa de chicos sucios, transpirados y desagradables, para pasar a ser algo más fino, más conceptual. Además de las Viudas, aparecieron Virus, Soda Stereo…

-¿Y vos, María, habías oído hablar de Franja Morada?

-No, no fui a la universidad. Me enteré hace muy poco de qué es gente de la universidad; que se juntan, votan y ganan las elecciones universitarias. La verdad es que siempre estuve bastante desinformada.

-Aparte, pobre, mis compañeros de trabajo son ministros y llaman acá. Hace poco, María fue a un almuerzo con Mirtha Legrand al que también iba [el ministro de Trabajo, Alberto] Flamarique. Me decía: “Hoy como con un amigo tuyo. ¿Ministro de qué es?”. Es divertido, no tiene ni idea.

A principios de los 90, Darío ejercía el periodismo. Trabajaba en Con algunas cosas claras, un programa de la Rock & Pop, antimenemista hasta la rabia, que conducía su amigo Gustavo López, el actual director del comfer. Darío hablaba de espectáculos; en especial, de teatro. Ahora es muy autocrítico de su época de periodista. Dice que la pasó muy bien, que se divirtió mucho, pero que se pasaba de irónico; que destrozaba obras, actores y directores con una impunidad de la que hoy se arrepiente. En 1992, los periodistas teatrales tuvieron un pequeño espacio en La Erótica, una muestra con diferentes espectáculos relacionados con el erotismo que se realizó en el centro cultural Babilonia. Darío actuó en un pequeño sketch de dos minutos que se repetía varias veces, acerca de un triángulo amoroso.

-¿Es cierto que subías al escenario en bolas?

-No, no es cierto (risas), como era en La Erótica se armó el mito de que estaba en bolas. Era una representación sobre un triángulo amoroso, muy divertida, aunque yo no soy muy buen actor que digamos.

No estaba en bolas; es cierto. Lucía un slip negro.

La primera vez que hablamos sobre esta nota con Darío, el vocero presidencial -vestido esta vez con un impecable traje azul- se comprometió a permitirnos seguirlo durante un día de su vida, aunque aclaró que habría espacios naturalmente inaccesibles: conversaciones privadas con el presidente De la Rúa, reuniones de gabinete, etcétera. Prometió ser generoso.

-Quédense tranquilos -contestó-. Si me preguntan cómo estoy, no les voy a decir “Contento, porque aumentaron las exportaciones” (risas)…

El martes 18 de julio, de acuerdo con lo convenido, lo pasamos a buscar a las 8 de la mañana por su departamento en los silos de Dorrego. Lo esperamos durante quince minutos, y cuando bajó se disculpó por no habernos hecho pasar.

-Por lo general soy más cortés con la gente -dijo-, pero María estaba durmiendo y no quise despertarla.

Subimos a su auto -manejaba su chofer- y nos dirigimos a la Casa de Gobierno. Darío iba leyendo un cuaderno con las principales noticias de todos los diarios argentinos, confeccionado y resaltado con fibrón amarillo por sus empleados de la Secretaría de Prensa. Mientras Darío leía, escuchaba el programa de Magdalena Ruiz Guiñazú por Radio Mitre y trataba a la vez de darnos conversación. La pregunta del día era si el Presidente asistiría o no al acto en reclamo de justicia por el atentado de la amia.

Entramos en el salón donde se hacía la reunión de gabinete. Alcanzamos a ver a Darío con De la Rúa, Chacho Alvarez, José Luis Machinea, Adalberto Rodríguez Giavarini, Alberto Flamarique, Graciela Fernández Meijide, Nicolás Gallo, Juan Llach. Mientras María Gabriela ensaya con Charly García, compone una canción con Francisco Bochatón o toma clases con Robert Fripp, Darío se pregunta cómo comunicar el nuevo índice de desocupación, defender la reforma laboral o participar del anuncio de un nuevo plan social. A la vez, diseña estrategias para el Instituto Nacional de Cinematografía; sigue paso a paso la evolución de Canal 7; organiza un show de Divididos en Tilcara y un festival de jazz en Bariloche. Puede pasarse horas hablando de las películas de Coppola o de los discos de Yes, y a la vez parece sentirse cómodo ahí arriba, cerca del poder. Le brillan los ojos hablando de cuando cenó con Francis Ford Coppola o de cuando trajo a Krzysztof Kieslowski -en uno de sus emprendimientos privados- y el director de Bleu, Blanc y Rouge le explicó al público cómo hizo su maravillosa trilogía.

Definitivamente, Darío es un tipo afable con el que uno se tomaría un café. Lo que produce tanta extrañeza es verlo tan a gusto entre gente con la que uno no se tomaría un café.

-¿Lo que más me gustó de Darío? Que era un poquito aparato. Yo lo vi como transparente, me gustaba que fuera tan distinto de mí. Hay que trabajarle el espíritu, porque para él todo es vida real. A veces llega con la Casa Rosada puesta en la cabeza, con todos los ministros encima como una peluca, y le digo sacáte ese traje, andá a bañarte, le hago unos masajitos…

-La paso bien en los dos mundos, aunque me siento más contenido en el mundo de María Gabriela. Hay muchas cosas que me gustan más que la política. Sólo me dedico a esto por dos cosas: una es un sentimiento de extraordinaria adhesión personal y política a De la Rúa. Lo respeto, lo admiro y lo quiero. La segunda razón es porque creo que estoy haciendo cosas que van a servir para que mejore la vida de los argentinos. Estas dos creencias funcionan como sistema. Si me fallara alguna de las dos, me iría a mi casa. De verdad te lo digo: cuando terminó mi gestión como secretario de Cultura de la Ciudad tuve ofertas apetecibles, tentadoras: una, de una muy importante empresa de espectáculos y entretenimientos, y otra del exterior, que no llegué a analizar en detalle. Estoy en la política a plazo fijo; ésta es una etapa que se va a terminar y después, no sé, produciré espectáculos, escribiré obras de teatro, tendré un hijo con María…

-¿Hijos, dijiste? (risas).

-Lo que no me gustaría es que tuviéramos un hijo y yo estuviera como un loco, sin tiempo. No me gustaría tener un hijo y llegar a la noche, cuando está durmiendo. Quisiera verlo crecer.

Cae el sol el día más frío del año y una luz perpendicular desgarra la monotonía de una semana de lluvia. María Gabriela viaja medio dormida en la combi, pero pide chismes del mundo del rock. Está recostada sobre una ventanilla y el resto de los pasajeros se inclina hacia ella como un ramillete de alumnos en torno de la señorita maestra. Van a La Plata en misión oficial; es decir, a tocar en un Centro Cultural invitados por la municipalidad. La razón de una noche de ignorancia, cantan todos, dudando que ésa sea la letra del Himno a Sarmiento, pero seguros de la música. Es para darse ánimo y para aplacar el mal humor de María, que cada tanto se impacienta con el chofer, con los semáforos, con lo hippies que parecen los organizadores que no pusieron ni un puto cartel para anunciarla. Son como estallidos de bengala que se apagan rápidamente, antes de que llegue a notarse que pierde la calma.

En un lugar chiquito, con un presupuesto bajo, como el Centro Cultural Ricardo Rojas, entre 1994 y 1996, Darío y Cecilia Felgueras hicieron ruido. Las bandas under, las muestras, el movimiento, multiplicaron el público del lugar. Además de onda, el Rojas tenía visitas. Alguien tomó nota de lo que estaba ocurriendo: Fernando de la Rúa. El candidato radical a la Jefatura de Gobierno de Buenos Aires le pidió que le acercara papers con ideas para una posible gestión cultural en la ciudad. Lo que sucedió después fue vertiginoso. En 1996, Darío se convirtió, primero, en subsecretario de Cultura de la Ciudad, y después en secretario. Su nombre -junto con el de Cecilia Felgueras- pasó a estar asociado a la palabra megaevento: surgieron Buenos Aires Vivo, Buenos Aires No Duerme, el Festival de Tango, el Festival de Cine Independiente, el Festival Internacional de Teatro. Si viste gratis a Charly García, Los Pericos, Willy Crook, Los Fabulosos Cadillacs, La Mona Jiménez, Illya Kuryaki, Los Auténticos Decadentes, la Zimbabwe, Pedro Aznar, Mercedes Sosa, Divididos, es porque Darío los contrató en nombre de la ciudad. Si pudiste exponer tus obras, tocar o simplemente pasar una noche interesante en el Buenos Aires No Duerme, Darío lo hizo.

-Lo mejor que tiene este laburo es cuando ves que hiciste algo que está bueno y que salió bien. Eso es lo que hace que después te banques cinco reuniones por día, que leas revistas donde te putean, que te moleste menos llegar tan tarde a tu casa. La gente está ahí, lo disfrutó, la pasó bien, el artista se sintió cómodo y vos colaboraste para que sucediera eso.

-Soy pura fantasía, me cansa el mundo real -dice frente al espejo mientras se acomoda unas plumitas azules en el pelo. No es tan así. María, fantasía animada, le dedica dos horas por día al trabajo de oficina; a armar su página web; a reclamarle a Eduardo Roca, su representanre, que se va de viaje con otros grupos y la abandona. ¿Acaso te desatendí?, le preguntará Roca, como un marido al que no se le reconocen sus esfuerzos. Tal vez sea el desierto de las calles de La Plata en una noche de luna llena lo que la hace dudar de que todo esté bien. Igual, le da lo mismo; quiere tocar y arma la lista de temas con la mano cubierta por el suéter hasta la punta de los dedos. El de La Plata es un público culto, le dice Christian Basso, el bajista de su banda. María decide copiar la letra de “Canción para los días de la vida”, el cover de Spinetta que se toca sólo para algunos. Con marcador negro hace una lista para sus músicos: Christian, el guitarrista Fernando Kabusacki, el baterista Martín Millán. A cambio, ellos le traen café, le preguntan qué necesita, le ceden lo que pidieron para ellos sin hacer un comentario.

-Voy tan rápido que nadie me puede seguir. Por eso me gusta el trabajo solista. Es verdad que con estos músicos estoy muy cómoda, todos trabajan además en proyectos propios y aportan lo suyo, pero la que decide soy yo. A veces, cuando hay alguna dificultad, votamos. Pero son falsas votaciones, sólo para dejarlos contentos.

Ella, que vive colgada de la guitarra, sabe administrar su dinero. Alguna vez ganó mucho y todavía le falta cobrar parte de las regalías que se perdieron con la quiebra de Interdisc, el sello que llevó a las Viudas a la fama. Cuando empezó a tocar con Charly se compró una casa. Desde que se acuerda, María sostiene a sus viejos, jubilados de 150 pesos.

-Mi origen es la clase baja, o media baja. Siempre nos faltó el dinero, así que para mí es importante. Ahora siempre tengo algo en el bolsillo.

El novio de María Gabriela sostiene un oficialismo tan impenetrable como la materia. En verdad, tal vez no sea tan así. Al fin y al cabo, Darío es el vocero presidencial. Si algo no le cerrara del todo, no podría ejercer alegremente en público su pensamiento crítico. El jura que, efectivamente, hay cosas del gobierno que no le cierran, pero que, en la cuenta general, son menores. Buscamos grietas en su delarruísmo. Empezamos hablando sobre drogas.

-Si veías todos los sábados “La canción es la misma”, no podés decir, como Clinton, que aspiraste el humo y no lo tragaste…

-Ahí aspiré alguna vez. Había mucho olor… (risas). En tanto esté en este lugar, no quiero hablar mucho del tema de las drogas, porque mi posición personal se puede confundir con la posición del Gobierno. Puedo decirte que no me parece bien penalizar del mismo modo al narcotraficante y al consumidor, sobre todo en el caso de las drogas suaves. Quizá me preguntan acerca de las drogas porque hay cierta mirada un poco convencional conmigo, esa idea de “como es joven, le gusta el rock y todo eso, seguramente está a favor de las drogas”. Yo hice la campaña maldita cocaina y me jacto de haberla hecho. Fue una campaña muy efectiva porque, con una inversión muy pequeña, hizo que se discutiera mucho sobre el tema. Ese aviso tenía una referencia muy puntual, que estaba vinculada con lo que le estaba pasando a Maradona y sirvió para incomodar a cierto progresismo. A mí no me parece progresista la reivindicación de la cocaína. Creo que hubo muchos sectores del progresismo que no supieron dónde meterse, y me gustó que una campaña oficial produjera eso.

-Me reclaman como si yo pudiera hacer algo, me dicen que a Charly nadie lo ayuda, que el entorno lo perjudica. ¡Como si se pudiera hacer algo! El es bravísimo, es fatal, se tiró del noveno y no le pasó nada. Le gusta vivir así, dormir de vez en cuando. Porque se aburre; por eso tiene que seguir haciendo cosas, viajar con valijas increíbles llenas de cables, de chiches. Llegás a la mañana y sigue. No se le puede parar ni seguirle el ritmo. Es como un niño.

¿Un niño que puede ser atrapado por alguna maldita cosa? A María Gabriela no le importa; ella sólo se protege de sus excesos. La única vez que sintió pena por Charly fue cuando lo internaron después de la grabación de La hija de la lágrima. El se brotó y ella se sintió defraudada. Lo había visto en el estudio; había pasado con él cuatro meses en Nueva York admirando su oído absoluto, su libertad para cambiarlo todo a último momento, para inventar arreglos, para hacer canciones instantáneas. Para María, García es un genio que la llevó de la mano a las emociones más fuertes; el único capaz de sacarla de ese personaje hermético que parece estar más allá del bien y del mal.

-El me saca. Soy capaz de tirarme al piso en el escenario y tocar con Charly encima mío; saca de mí lo mejor del desborde. Son situaciones que me gustan, pero cuando estoy sola no puedo llegar a ellas, me gustaría ser más extravertida pero soy así. Cuando toco con él estoy desaforada y a lo mejor sólo tomé Coca-Cola. También nos peleamos, a veces, pero después se olvida. Yo siempre fui muy seria, no dejo entrar a cualquiera. Charly lo sabe y me cuida. Si va a suspender un show, me avisa. Y, antes de tomarme cualquier avión, espero que él se suba.

Le guste o no, hay quienes la ven como a una intermediaria. A su correo electrónico llegan pedidos para que ayude a Charly. Por la calle, en los shows, le piden que su novio, el secretario de Estado, nos ayude a todos.

Antes, cuando no soñaba con ser un secretario de Estado, Darío Lopérfido se dedicaba al periodismo. En 1984 produjo el programa radial El árbol y el bosque, que conducía Enrique Vázquez. Darío dice que entonces era alfonsinista, pero no tan furioso como Vázquez. En 1986 y en 1987, el Punto Final y la Obediencia Debida restringieron la posibilidad de juzgar a los ejecutores de los crímenes de la dictadura. Lopérfido asegura que aquellas decisiones del gobierno de Alfonsín lo jodieron, pero que al cabo de varios años las comprendió. La siguiente vez que nos encontramos, Darío tiene miedo de haber sido demasiado enfático respecto de cuánto las comprendió después, y poco categórico respecto de cuánto lo jodieron entonces. Le preguntamos si ese cambio de perspectiva se relaciona con su acercamiento al poder.

-En ese momento, llamaban a declarar a todos los militares. El hecho producía determinados niveles de irritación y bueno, desde el Gobierno uno a veces tiene que hacer lo que tiene que hacer, no lo que le gusta. Además, hay que entender que el de Alfonsín fue el único gobierno del mundo que se animó a hacer un juicio oral y público a las juntas de la dictadura. Entonces, analizado en esa coyuntura, en términos técnicos…

-“Analizado en esa coyuntura, en términos técnicos” no suena muy convincente…

-Es que no se puede analizar la historia de otra manera, porque, si no, lo analizás desde el eslogan, y a mí no me gusta eso.

-También podemos analizarla desde los principios…

-Bueno, desde los principios supongo que sí. Que comprenda una decisión no quiere decir que me guste ni que la reivindique. Yo trato de ser un buen comprendedor.

Ahora, trece años después de la Obediencia Debida, algunos miembros de las fuerzas armadas son citados nuevamente a declarar ante la Justicia. El objetivo de los denominados “juicios de la verdad” no es ya condenar a los culpables de los crímenes, sino establecer quiénes fueron los criminales, a quiénes mataron, dónde están los cuerpos. Trece años después de la Obediencia Debida, otra vez hay “niveles de irritación” entre los militares. El actual jefe del Ejército, general Ricardo Brinzoni, reclama, en nombre de las fuerzas armadas, que también se suspendan los “juicios de la verdad”.

-Brinzoni es un tipo muy democrático, muy parecido a [Martín] Balza.

-¿Te parece, Darío?

-Sí, en serio.

-Pero e

Entró en el restaurante con el paquetito en la mano. Buscó entre las mesas y encontró la de ella. En cuanto la vio rodeada de sus amigos, supo que la pasaría mal. Se quedó tieso, encerrado en su traje; la corbata era una horca que no lo dejaba respirar entre tanto peinado nuevo, tanta gente moderna. Los comensales lo identificaron como El Pretendiente. Eso era. Han pasado cuatro años desde entonces. Ahora Darío Lopérfido y María Gabriela Epumer viven juntos y planean casarse. El es el vocero presidencial y el secretario de Cultura y Comunicación de la Nación. Ella acaba de presentar su segundo disco solista y es la guitarrista de la banda de Charly García. A pesar de lo incómodo de aquella noche, El Regalo funcionó. A María Gabriela le gustó el disco de Martirio.

“Mi niño tiene ojitos de gacela, cuando lo miro se abren todas las cancelas.” (Frase incluida en el booklet de Coplas de madrugá, de Martirio).

Cuando se hace un silencio, ella pide palabras, aunque sea un comentario sobre el frío. Darío no llega. La llamó por el celular, le juró hace una hora que estaba en camino y los ojos de María Gabriela van disimuladamente del reloj a la puerta y de la puerta al reloj esperando noticias de su amado. Ojalá que Chupete no le haya pedido que se quede, ojalá que no se tenga que ir para Olivos. Esta -prometen- será la primera y la última vez que van a hablar de cuánto se quieren y quedaría muy mal dejar plantados a los periodistas. Pero no. Escuchamos el traqueteo de la llave en la cerradura. Ella propone mirar hacia otro lado, propone indiferencia. Ese es su estilo y hasta ahora no falló.

En realidad no se conocieron al mismo tiempo. Cuando los presentaron, él ya tenía en la cabeza el mapa perfecto de sus piernas, detrás de la guitarra, en el video del unplugged de Charly García. Una vez había intentado hablarle: fue en el Rojas, y tenía una buena excusa. Como director de ese Centro Cultural había organizado unas jornadas en las que tocaba ella. Cuando la vio sentada en el bar, soportó estoico ese rojo intenso y delator en las mejillas para presentarse formalmente. Pero la Reina de la Canción no se fijó en formalidades. Ella musitó algo así como mucho gusto en versión desinteresada, y continuó su conversación con el antropólogo que investigó la genealogía de su familia.

-Cuando dirigía el Rojas, organizamos un congreso que se llamaba El indígena en la ciudad, sobre cómo vivían y a qué se dedicaban los indios lejos de su lugar de origen. Había charlas, conferencias, exposiciones durante cuatro días. Y ahí tocaba María Gabriela, que era una india que vivía en la ciudad. (María es la tataranieta del cacique Epumer, a quien Lucio V. Mansilla dedica un capítulo completo de su libro Una excursión a los indios ranqueles.)

-Te hiciste el lindo, por eso no te registré.

-Luego pasó el tiempo y coincidimos en el cumpleaños de Alina Gandini, nuestra única amiga en común. Y ahí te di mi teléfono, te dije si necesitás algo, llamáme. Y me dejaste un mensaje en el que me invitabas a tu cumpleaños. Fui. Ya estaba dispuesto a todo. Después te llamé para salir.

-Y no paraste más.

-Nunca más paré. Y ahí nos pusimos de novios.

El 24 de marzo de 1976, el mismo dia del golpe de Estado, Angel Lopérfido, un militante de izquierda sin partido, fue despedido del diario La Razón, donde trabajaba como delegado gremial de los obreros gráficos. La llegada de la dictadura representó para la familia el inicio de un largo período de inestabilidad económica y familiar. Darío, el hijo de don Angel, debió arremangarse.

-A los 16 años, en el 79, la situación no daba para más en mi casa. Tuve que dejar la secundaria y empezar a laburar. Trabajaba como cadete, de 10 a 18, en una agencia de publicidad. Era muy chico para laburar tanto, pero bueno, juntaba algo de guita, le daba a mi vieja y con lo que me quedaba invitaba a mis novias al cine y me compraba discos de rock. Me gustaban Yes, Led Zeppelin, íbamos todos los sábados a ver La canción es la misma al Lara, el único cine del mundo en el que vos llegabas y saludabas a los que estaban por entrar. Yo tenía el pelo largo, larguísimo. Me lo corté en el 83, cuando salí sorteado para la colimba.

Un dia se desperto muy enojada, armó una valija y les comunicó a sus padres que se iba. En esta familia nadie me escucha, le dijo a su mamá, con el gorro puesto y una bufanda que llegaba hasta el piso. Tenía 5 años y la mamá no la detuvo. Al contrario, la acompañó hasta la estación de tren más cercana y esperó el tiempo necesario para que se arrepintiera y pidiera upa. Entonces buscó una estrategia distinta para hacer lo que más quería y no se animaba: cantar una canción completa. Cada fin de semana, los Epumer y los Carballo, hermanos de su madre, hacían reuniones musicales. Cada cual llevaba su repertorio, fijo y definido: a nadie se le hubiera ocurrido que el tío Eduardo cantara los tangos que entonaba la tía Celeste. Sería un sacrilegio. María Gabriela buscó un tema inédito en el repertorio familiar y, en cuanto encontró un silencio, desde abajo de la mesa entonó “Rosa, Rosa” de principio a fin, con un solo error: en su boca, la erre sonaba como una de.

La guitarra como un objeto de deseo se dibujó después de la muerte de su abuelo, Juan Epumer, un señor que se hizo pituco porque era lo que se esperaba de él como guitarrista de Agustín Magaldi. Pero a sus nietos no les interesaba el tango: sólo se acercaron a las guitarras con la música progresiva. María Gabriela tendría 9 cuando Lito, su hermano mayor, empezó a hacer punteos en su cuarto, y 10 cuando decidió imitarlo. Más o menos en 1972, conoció a Charly García. Sui Generis era telonero de Madre Atómica, el grupo de Lito, y la nena de pelo largo lo vio caer, largo como era, de boca sobre el escenario. Cuatro años más tarde, bien precoz, María Gabriela tocaba con María Rosa Yorio y sabía que lo suyo era el rock & roll. ¿Para qué ir a la escuela? La dictadura hacía las clases cada vez más pesadas, y no era para ella eso de levantarse temprano después de haber tocado en trasnoche. La dejó. Mamá estuvo de acuerdo. Todo estaría bien mientras ella hiciera lo que debía. Quizá por esa confianza que había entre las dos, la única vez que sintió que la dictadura la amenazaba invocó su nombre. Un Falcon verde casi la chupa; le pidieron documentos, la querían llevar. Ella les dijo que antes le tenían que pedir permiso a su mamá. Según María Gabriela, la vieron tan estúpida que la dejaron ir.

Dario Loperfido saco el 492. imposible salvarse: desde el 350 en adelante, entraban todos. No era fácil hallar un muchacho interesado en servir a la patria en 1983, un año después de la Guerra de las Malvinas.

-Los momentos previos a mi incorporación fueron ceremonias muy tristes, mi novia lloraba y mis amigos me abrazaban como si fuera a la guerra. Estaba demasiado fresco el recuerdo de Malvinas. Los primeros cincuenta días, durante la instrucción inicial, me mataron, me hicieron mierda. Después me emplearon como cadete, y las cosas mejoraron. A los ocho meses se hizo un sorteo entre los que no teníamos días de arresto y salí de baja. Mientras los que íbamos a salir estábamos festejando, un compañero mío, un pibe que no había salido sorteado, se pegó un tiro. Así, al toque: se fue caminando y se pegó un tiro con su propio fusil.

-¿Cómo se llamaba?

-Omar. Todavía me acuerdo de cuando llegaron los pibes enloquecidos, llorando. Fue bien feo, una historia bien negra. Al poco tiempo, un chico al que yo consideraba mi mejor amigo, Fabián Cosentino, se ahorcó en su habitación. Fue una tragedia insoportable e incomprensible para mí, porque Fabián no dejó ningún tipo de pista; los amigos nunca supimos por qué lo hizo. A esa altura de su vida, sólo tenía futuro; no había ningún fracaso que permitiera entender una decisión como ésa. Me produce mucha angustia la idea de la muerte. Por eso después me atrajo el existencialismo, el pensamiento de [Albert] Camus y de [Jean-Paul] Sartre. Me parece muy irritante que la gente se muera, y entonces pienso en que tenemos esta vida, la única, y que tenemos que vivir el placer sin culpa, como una acción liberadora de la angustia. Lo material no es importante; los cargos no son muy importantes; nada es demasiado importante. Lo importante es vivir, porque la vida es finita. El miedo a la muerte no es paralizante; es como una letanía, un gusto desagradable en la boca que me acompaña siempre.

Se delinea los ojos dibujando un punto en el centro, como si bajo cada párpado estuviera a punto de caer una lágrima negra. Es un efecto similar, aunque en negativo, a ese destello blanco que aparece en los ojos de los personajes del animé japonés. Un único detalle distinto que le da un aire de muñeca distante. Es una chica de elegancia sencilla que gusta de tomar café con leche con espumita cuando el frío y un show inminente parecen pedir a gritos un whisky. Pero ella no cultiva el exceso. Le teme. Su voz, dice, se parece a la de la conciencia. María Gabriela sabe decir que no.

-Probé de todo, pero acá estoy, intacta. El único desborde que me gusta es cuando estoy tocando, y no tiene que ver con las drogas. Mantengo el equilibrio porque siempre estuve ahí, conozco el rock desde chica y no me tienta la mística del descontrol. Siempre me dejaron libre, no me tuvieron que enseñar lo que se podía hacer y lo que no. Yo elegí sola. Hice un recorrido y elegí.

Todavía le duelen, igual, los que quedaron en el camino. Los 80 la encontraron haciendo canciones como por arte de magia y cruzándose en los escenarios con Los Abuelos de la Nada, con Virus, con Charly… Era famosa y ganaba dinero con las Viuda e Hijas de Roque Enroll. Pero eso no fue suficiente como para que recuerde aquellos años como felices.

-He visto a la gente volverse loca al lado mío. He visto a la gente morir descontrolada. Me causa mucha tristeza recordarlo.

¿alguna vez fuiste a un recital de las Viudas?

-No, pero me gustaban, me parecía que estaban bien… En realidad, sí, las vi una vez en el Velódromo…

-Pero me ignoró.

-…era uno de esos ciclos que hacía la Municipalidad; yo había ido a todos los conciertos, y en uno tocaron ellas.

-Ya eras afecto a lo municipal…

-(Se ríe.)… Las vi ese día, pero no fui al show que hicieron después en el Luna Park, en esa etapa medio infantil de ellas…

-Ojo con lo que decís (risas)…

-En serio, iban a verlas muchos pibes chiquitos, y yo era un tipo muy prejuicioso, muy solemne.

-Muchos de los que gustan ahora de nuestra música, entonces nos odiaban. Nos tenían un poco de envidia, vendíamos 50 mil discos y las cuatro teníamos una formación musical. Nos criticaban por cuánto nos producíamos, pero después aparecieron unos caballeros con los labios pintados de negro y el jopo bien batido. Había una bronquita porque despertábamos algo.

-Entonces me parecía interesante lo que ellas hacían, pero no era lo que se supone iba a ver un rockero. Con las Viudas apareció un grupo que quería mostrar un concepto que incluía la ropa, el aspecto y la música. En los 80 el rock dejó de ser esa cosa de chicos sucios, transpirados y desagradables, para pasar a ser algo más fino, más conceptual. Además de las Viudas, aparecieron Virus, Soda Stereo…

-¿Y vos, María, habías oído hablar de Franja Morada?

-No, no fui a la universidad. Me enteré hace muy poco de que es gente de la universidad; que se juntan, votan y ganan las elecciones universitarias. La verdad es que siempre estuve bastante desinformada.

-Aparte, pobre, mis compañeros de trabajo son ministros y llaman acá. Hace poco, María fue a un almuerzo con Mirtha Legrand al que también iba [el ministro de Trabajo, Alberto] Flamarique. Me decía: “Hoy como con un amigo tuyo. ¿Ministro de qué es?”. Es divertido, no tiene ni idea.

A principios de los 90, dario ejercia el periodismo. Trabajaba en Con algunas cosas claras, un programa de la Rock & Pop, antimenemista hasta la rabia, que conducía su amigo Gustavo López, el actual director del comfer. Darío hablaba de espectáculos; en especial, de teatro. Ahora es muy autocrítico de su época de periodista. Dice que la pasó muy bien, que se divirtió mucho, pero que se excedía de irónico; que destrozaba obras, actores y directores con unaimpunidad de la que hoy se arrepiente. En 1992, los periodistas teatrales tuvieron un pequeño espacio en La Erótica, una muestra con diferentes espectáculos relacionados con el erotismo que se realizó en el centro cultural Babilonia. Darío actuó en un pequeño sketch de dos minutos que se repetía varias veces, acerca de un triángulo amoroso.

-¿Es cierto que subías al escenario en bolas?

-No, no es cierto (risas), como era en La Erótica se armó el mito de que estaba en bolas. Era una representación sobre un triángulo amoroso, muy divertida, aunque yo no soy muy buen actor que digamos.

No estaba en bolas; es cierto. Lucía un slip negro.

La primera vez que hablamos sobre esta nota con Darío, el vocero presidencial -vestido esta vez con un impecable traje azul- se comprometió a permitirnos seguirlo durante un día de su vida, aunque aclaró que habría espacios naturalmente inaccesibles: conversaciones privadas con el presidente De la Rúa, reuniones de gabinete, etcétera. Prometió ser generoso.

-Quédense tranquilos -contestó-. Si me preguntan cómo estoy, no les voy a decir “Contento, porque aumentaron las exportaciones” (risas)…

El martes 18 de julio, de acuerdo con lo convenido, lo pasamos a buscar a las 8 de la mañana por su departamento en los silos de Dorrego. Lo esperamos durante quince minutos, y cuando bajó se disculpó por no habernos hecho pasar.

-Por lo general soy más cortés con la gente -dijo-, pero María estaba durmiendo y no quise despertarla.

Subimos a su auto -manejaba su chofer- y nos dirigimos a la Casa de Gobierno. Darío iba leyendo un cuaderno con las principales noticias de todos los diarios argentinos, confeccionado y resaltado con fibrón amarillo por sus empleados de la Secretaría de Prensa. Mientras Darío leía, escuchaba el programa de Magdalena Ruiz Guiñazú por Radio Mitre y trataba a la vez de darnos conversación. La pregunta del día era si el Presidente asistiría o no al acto en reclamo de justicia por el atentado a la amia.

Entramos en el salón donde se hacía la reunión de gabinete. Alcanzamos a ver a Darío con De la Rúa, Chacho Alvarez, José Luis Machinea, Adalberto Rodríguez Giavarini, Alberto Flamarique, Graciela Fernández Meijide, Nicolás Gallo, Juan Llach. Mientras María Gabriela ensaya con Charly García, compone una canción con Francisco Bochatón o toma clases con Robert Fripp, Darío se pregunta cómo comunicar el nuevo índice de desocupación, defender la reforma laboral o participar del anuncio de un nuevo plan social. A la vez, diseña estrategias para el Instituto Nacional de Cinematografía; sigue paso a paso la evolución de Canal 7; organiza un show de Divididos en Tilcara y un festival de jazz en Bariloche. Puede pasarse horas hablando de las películas de Francis Ford Coppola o de los discos de Yes, y a la vez parece sentirse cómodo ahí arriba, cerca del poder. Le brillan los ojos hablando de cuando cenó con Coppola o de cuando trajo a Krzysztof Kieslowski -en uno de sus emprendimientos privados- y el director de Bleu, Blanc y Rouge le explicó al público cómo hizo su maravillosa trilogía.

Definitivamente, Darío es un tipo afable con el que uno se tomaría un café. Lo que produce tanta extrañeza es verlo tan a gusto entre gente con la que uno no se tomaría un café.

-¿lo que mas me gusto de dario? Que era un poquito aparato. Yo lo vi como transparente, me gustaba que fuera tan distinto de mí. Hay que trabajarle el espíritu, porque para él todo es vida real. A veces llega con la Casa Rosada puesta en la cabeza, con todos los ministros encima como una peluca, y le digo sacáte ese traje, andá a bañarte, le hago unos masajitos…

-La paso bien en los dos mundos, aunque me siento más contenido en el mundo de María Gabriela. Hay muchas cosas que me gustan más que la política. Sólo me dedico a esto por dos cosas: una es un sentimiento de extraordinaria adhesión personal y política a De la Rúa. Lo respeto, lo admiro y lo quiero. La segunda razón es porque creo que estoy haciendo cosas que van a servir para que mejore la vida de los argentinos. Estas dos creencias funcionan como sistema. Si me fallara alguna de las dos, me iría a mi casa. De verdad te lo digo: cuando terminó mi gestión como secretario de Cultura de la Ciudad tuve ofertas apetecibles, tentadoras: una, de una muy importante empresa de espectáculos y entretenimientos, y otra del exterior, que no llegué a analizar en detalle. Estoy en la política a plazo fijo; ésta es una etapa que se va a terminar y después, no sé, produciré espectáculos, escribiré obras de teatro, tendré un hijo con María…

-¿Hijos, dijiste? (risas).

-Lo que no me gustaría es que tuviéramos un hijo y yo estuviera como un loco, sin tiempo. No me gustaría tener un hijo y llegar a la noche, cuando está durmiendo. Quisiera verlo crecer.

Cae el sol el dia mas frío del año y una luz perpendicular desgarra la monotonía de una semana de lluvia. María Gabriela viaja medio dormida en la combi, pero pide chismes del mundo del rock. Está recostada sobre una ventanilla y el resto de los pasajeros se inclina hacia ella como un ramillete de alumnos en torno de la señorita maestra. Van a La Plata en misión oficial; es decir, a tocar en un Centro Cultural invitados por la municipalidad. La razón de una noche de ignorancia, cantan todos, dudando de que ésa sea la letra del Himno a Sarmiento, pero seguros de la música. Es para darse ánimo y para aplacar el mal humor de María, que cada tanto se impacienta con el chofer, con los semáforos, con lo hippies que parecen los organizadores que no pusieron ni un puto cartel para anunciarla. Son como estallidos de bengala que se apagan rápidamente, antes de que llegue a notarse que pierde la calma.

En un lugar chiquito, con un presupuesto bajo, como el Centro Cultural Ricardo Rojas, entre 1994 y 1996, Darío y Cecilia Felgueras hicieron ruido. Las bandas under, las muestras, el movimiento, multiplicaron el público del lugar. Además de onda, el Rojas tenía visitas. Alguien tomó nota de lo que estaba ocurriendo: Fernando de la Rúa. El entonces candidato radical a la Jefatura de Gobierno de Buenos Aires le pidió que le acercara papers con ideas para una posible gestión cultural en la ciudad. Lo que sucedió después fue vertiginoso. En 1996, Darío se convirtió, primero, en subsecretario de Cultura de la Ciudad, y después en secretario. Su nombre -junto con el de Cecilia Felgueras- pasó a estar asociado a la palabra megaevento: surgieron Buenos Aires Vivo, Buenos Aires No Duerme, el Festival de Tango, el Festival de Cine Independiente, el Festival Internacional de Teatro. Si viste gratis a Charly García, Los Pericos, Willy Crook, Los Fabulosos Cadillacs, La Mona Jiménez, Illya Kuryaki, Los Auténticos Decadentes, la Zimbabwe, Pedro Aznar, Mercedes Sosa, Divididos, es porque Darío los contrató en nombre de la ciudad. Si pudiste exponer tus obras, tocar o simplemente pasar una noche interesante en el Buenos Aires No Duerme, Darío lo hizo.

-Lo mejor que tiene este laburo es cuando ves que hiciste algo que está bueno y que salió bien. Eso es lo que hace que después te banques cinco reuniones por día, que leas revistas donde te putean, que te moleste menos llegar tan tarde a tu casa. La gente está ahí, lo disfrutó, la pasó bien, el artista se sintió cómodo y vos colaboraste para que sucediera eso.

-soy pura fantasia, me cansa el mundo real -dice frente al espejo mientras se acomoda unas plumitas azules en el pelo. No es tan así. María, fantasía animada, le dedica dos horas por día al trabajo de oficina; a armar su página web; a reclamarle a Eduardo Roca, su representante, que se va de viaje con otros grupos y la abandona. ¿Acaso te desatendí?, le preguntará Roca, como un marido al que no se le reconocen sus esfuerzos. Tal vez sea el desierto de las calles de La Plata en una noche de luna llena lo que la hace dudar de que todo esté bien. Igual, le da lo mismo; quiere tocar y arma la lista de temas con la mano cubierta por el suéter hasta la punta de los dedos. El de La Plata es un público culto, le dice Christian Basso, el bajista de su banda. María decide copiar la letra de “Canción para los días de la vida”, el cover de Spinetta que se toca sólo para algunos. Con marcador negro hace una lista para sus músicos: Christian, el guitarrista Fernando Kabusacki, el baterista Martín Millán. A cambio, ellos le traen café, le preguntan qué necesita, le ceden lo que pidieron para ellos sin hacer un comentario.

-Voy tan rápido que nadie me puede seguir. Por eso me gusta el trabajo solista. Es verdad que con estos músicos estoy muy cómoda, todos trabajan además en proyectos propios y aportan lo suyo, pero la que decide soy yo. A veces, cuando hay alguna dificultad, votamos. Pero son falsas votaciones, sólo para dejarlos contentos.

Ella, que vive colgada de la guitarra, sabe administrar su dinero. Alguna vez ganó mucho y todavía le falta cobrar parte de las regalías que se perdieron con la quiebra de Interdisc, el sello que llevó a las Viudas a la fama. Cuando empezó a tocar con Charly se compró una casa. Desde que se acuerda, María sostiene a sus viejos, jubilados de 150 pesos.

-Mi origen es la clase baja, o media baja. Siempre nos faltó el dinero, así que para mí es importante. Ahora siempre tengo algo en el bolsillo.

El novio de maria gabriela sostiene un oficialismo tan impenetrable como la materia. En verdad, tal vez no sea tan así. Al fin y al cabo, Darío es el vocero presidencial. Si algo no le cerrara del todo, no podría ejercer alegremente en público su pensamiento crítico. El jura que, efectivamente, hay cosas del gobierno que no le cierran, pero que, en la cuenta general, son menores. Buscamos grietas en su delarruísmo. Empezamos hablando sobre drogas.

-Si veías todos los sábados “La canción es la misma”, no podés decir, como Clinton, que aspiraste el humo y no lo tragaste…

-Ahí aspiré alguna vez. Había mucho olor… (risas). En tanto esté en este lugar, no quiero hablar mucho del tema de las drogas, porque mi posición personal se puede confundir con la posición del Gobierno. Puedo decirte que no me parece bien penalizar del mismo modo al narcotraficante y al consumidor, sobre todo en el caso de las drogas suaves. Quizá me preguntan acerca de las drogas porque hay cierta mirada un poco convencional conmigo, esa idea de “como es joven, le gusta el rock y todo eso, seguramente está a favor de las drogas”. Yo hice la campaña maldita cocaina y me jacto de haberla hecho. Fue una campaña muy efectiva porque, con una inversión muy pequeña, hizo que se discutiera mucho sobre el tema. Ese aviso tenía una referencia muy puntual, que estaba vinculada con lo que le estaba pasando a Maradona y sirvió para incomodar a cierto progresismo. A mí no me parece progresista la reivindicación de la cocaína. Creo que hubo muchos sectores del progresismo que no supieron dónde meterse, y me gustó que una campaña oficial produjera eso.

-Me reclaman como si yo pudiera hacer algo, me dicen que a Charly nadie lo ayuda, que el entorno lo perjudica. ¡Como si se pudiera hacer algo! El es bravísimo, es fatal, se tiró del noveno y no le pasó nada. Le gusta vivir así, dormir de vez en cuando. Porque se aburre; por eso tiene que seguir haciendo cosas, viajar con valijas increíbles llenas de cables, de chiches. Llegás a la mañana y sigue. No se le puede parar ni seguirle el ritmo. Es como un niño.

¿Un niño que puede ser atrapado por alguna maldita cosa? A María Gabriela no le importa; ella sólo se protege de sus excesos. La única vez que sintió pena por Charly fue cuando lo internaron después de la grabación de La hija de la lágrima. El se brotó y ella se sintió defraudada. Lo había visto en el estudio; había pasado con él cuatro meses en Nueva York admirando su oído absoluto, su libertad para cambiarlo todo a último momento, para inventar arreglos, para hacer canciones instantáneas. Para María, García es un genio que la llevó de la mano a las emociones más fuertes; el único capaz de sacarla de ese personaje hermético que parece estar más allá del bien y del mal.

-El me saca. Soy capaz de tirarme al piso en el escenario y tocar con Charly encima mío; saca de mí lo mejor del desborde. Son situaciones que me gustan, pero cuando estoy sola no puedo llegar a ellas, me gustaría ser más extravertida pero soy así. Cuando toco con él estoy desaforada y a lo mejor sólo tomé Coca-Cola. También nos peleamos, a veces, pero después se olvida. Yo siempre fui muy seria, no dejo entrar a cualquiera. Charly lo sabe y me cuida. Si va a suspender un show, me avisa. Y, antes de tomarme cualquier avión, espero que él se suba.

Le guste o no, hay quienes la ven como a una intermediaria. A su correo electrónico llegan pedidos para que ayude a Charly. Por la calle, en los shows, le piden que su novio, el secretario de Estado, nos ayude a todos.

En 1984, dario loperfido produjo el programa radial El árbol y el bosque, que conducía Enrique Vázquez. Dice que entonces era alfonsinista, pero no tan furioso como Vázquez. En 1986 y en 1987, el Punto Final y la Obediencia Debida restringieron la posibilidad de juzgar a los ejecutores de los crímenes de la dictadura. Lopérfido asegura que aquellas decisiones del gobierno de Alfonsín lo jodieron, pero que al cabo de varios años las comprendió.

La siguiente vez que nos encontramos, tiene miedo de haber sido demasiado enfático respecto de cuánto las comprendió después, y poco categórico respecto de cuánto lo jodieron entonces. Le preguntamos si ese cambio de perspectiva se relaciona con su acercamiento al poder.

-En ese momento, llamaban a declarar a todos los militares. El hecho producía determinados niveles de irritación y bueno, desde el Gobierno uno a veces tiene que hacer lo que tiene que hacer, no lo que le gusta. Además, hay que entender que el de Alfonsín fue el único gobierno del mundo que se animó a hacer un juicio oral y público a las juntas de la dictadura. Entonces, analizado en esa coyuntura, en términos técnicos…

-“Analizado en esa coyuntura, en términos técnicos” no suena muy convincente…

-Es que no se puede analizar la historia de otra manera, porque, si no, la analizás desde el eslogan, y a mí no me gusta eso.

-También podemos analizarla desde los principios…

-Bueno, desde los principios supongo que sí. Que comprenda una decisión no quiere decir que me guste ni que la reivindique. Yo trato de ser un buen comprendedor.

Ahora, trece años después de la Obediencia Debida, algunos miembros de las fuerzas armadas son citados nuevamente a declarar ante la Justicia. El objetivo de los denominados “juicios de la verdad” no es ya condenar a los culpables de los crímenes, sino establecer quiénes fueron los criminales, a quiénes mataron, dónde están los cuerpos. Trece años después de la Obediencia Debida, otra vez hay “niveles de irritación” entre los militares. El actual jefe del Ejército, general Ricardo Brinzoni, reclama, en nombre de las fuerzas armadas, que también se suspendan los “juicios de la verdad”.

-Brinzoni es un tipo muy democrático, muy parecido a [Martín] Balza.

-¿Te parece, Darío?

-Sí, en serio.

-Pero está presionando al Gobierno…

-No, no es así. [El 26 de julio, dos días después de este diálogo, Brinzoni expuso sus pretensiones en una entrevista que mereció la tapa del diario Clarín.] Lo que él dice es que los juicios son improductivos. A los militares los llaman a declarar, ellos no declaran, y así no se avanza. Por eso propone establecer un diálogo para saber qué pasó…

-Bueno, pero el significado moral de un “diálogo” en una mesa redonda no es el mismo de un juicio en un tribunal.

-No, claro, por eso el Gobierno está con la vía de la Justicia.

-¿Sí?

-Sí, claro.

-los politicos nunca me gustaron. Nunca confié y ahora tampoco. Yo no pongo las manos en el fuego por nadie, pero, a primera vista, algunos inspiran más confianza que otros. A la vez sé que Darío es un buen funcionario. Creo que trabaja a conciencia y para mí está bien volver a creer en gente joven. En realidad, habría que interesarse en la política porque es la gente, la humanidad. Yo soy medio colgada, estoy todo el tiempo con la guitarrita. Estar cerca de él me permitió conocer algunos nombres, y como yo soy muy observadora, enseguida me doy cuenta de qué les pasa a las personas.

-María es muy intuitiva. A mí me sirve a veces preguntarle: viste tal cosa, leíste tal otra en los diarios, porque sé que va a venir una opinión de sentido común, descontaminada.

-Pero leo el diario más o menos una vez por semana. La verdad es que la vida real no me interesa mucho. Me gusta más la otra. En realidad, lo que más disfruto de él es cuando nos vemos en casa, fuera de nuestros ámbitos de trabajo.

¿De qué hablan entonces cuando no hablan de amor? Ella tararea “Cerca de la revolución”, como quien tiende una zancadilla.

-Qué tonta sos…

María se burla porque en casa de herrero, cuchillo de palo; justo ese tema de Charly que nunca falta en ningún recital, justo ese tema es el que usa Darío para practicar bajo. Todos los sábados, el secretario de Cultura toma clases con Claudia Sinesi, ex Viudas y amiga íntima de María. El universo que habitan juntos es el de María Gabriela: ella lo indujo a tomar remedios homeopáticos; a recibir reiki, un “sistema de sanación natural” en el que el reikista se transforma en un canal de la “energía vital universal” apoyando sus manos sobre distintas partes del cuerpo del paciente. El aprendió a mirarla a los ojos mientras toman el mate de la mañana. Antes era un agreta, un solterón que leía el diario y estiraba la mano como un autista, hasta que ella lo increpó.

-¿A mí, a la Reina de la Canción le hacés eso?

El único bastión inexpugnable de él es el de las milanesas con papas fritas. Jamás cederá frente a la avanzada Epumer en pos de la comida naturista y el arroz integral. Lo que a Darío le importa, en todo caso, es que siempre haya algo para ella en la heladera. Cuando María Gabriela tiene hambre, se pone insoportable.

El 18 de julio, la reunion de gabinete dura diez minutos. El Presidente, sus ministros y su vocero Darío Lopérfido asisten al acto oficial en reclamo de justicia por el atentado a la amia. Los altos funcionarios salen todos juntos por el Salón de los Bustos de la Casa de Gobierno. Hay algo de coreografía en el gesto de salir todos juntos: están comunicándole a la sociedad que el tema les preocupa a todos por igual. Darío sube a un auto con el canciller Rodríguez Giavarini. Nos quedamos de a pie. El canciller sugiere que viajemos en el de su custodio. En el del custodio hay sólo un lugar y el que se sube es el fotógrafo de Rolling Stone. No queda otra que tomarse un taxi. Los oradores saludan la presencia de los funcionarios, pero les exigen con firmeza que impulsen la investigación. Darío presencia el acto al lado del ministro de Economía, José Luis Machinea, y delante de Rodríguez Giavarini. Una señora mayor, con un tapado de piel y un prendedor que reclama justicia, se acerca a los ministros y suavemente le tironea el saco a Darío; sólo dos veces en las casi tres horas que dura el acto, sólo dos veces que acaso jamás se olvide. La primera vez, la señora le dice: esto es muy triste, muy triste. Sólo eso, nada más y nada menos que eso. La segunda vez le dice:

-Hagan algo.

Luis Alberto Spinetta le preguntó una vez si ahí arriba se sentía a la Patria. Darío dice que en situaciones como la que vivió en el acto entiende el sentido profundo de la pregunta de Luis y siente algo en el pecho, algo así como una somatización del tamaño de su responsabilidad.

Alguna vez salir al escenario le hizo estallar el corazón en mil partes. Ella tuvo que cerrar los ojos para tocar. Tuvo que desconectarse, porque si miraba a las 200 mil personas que fueron a aquel show de Charly se ponía a llorar, sin pausa, agradeciendo. Ahora que es ella quien convoca, no tiene por qué temerles a las multitudes y está bien así. Su música acaricia mejor en lugares chicos, como éste, en La Plata. Pocas palabras, y un ronroneo de gata entre tema y tema para pedir aplausos que llegan lentamente. Hace demasiado frío en esta sala que atrapa a la gente entre las filas de butacas. Igual, ella no quiere más. El rito se cumple sin interrupciones: catorce temas sin fingir un final anticipado. Hace demasiado frío y concede el bis desde el vamos. Al final del show soporta la rapiña de los fans, disimulando apenas la impaciencia. No le gusta que le pidan autógrafos, mucho menos sus hebillas o cualquier otra cosa personal. De pensar en una joya, María sería una perla, su estrella tiene un brillo parejo y modesto que el tiempo fue mejorando. La madurez, en su caso, fue dejar la intimidad de las reuniones de amigas para enfrentarse sola al mundo. Extraña esa sensación de poder que le daba tocar entre mujeres, como si entre ellas compartieran algún secreto que ni descifrando sus canciones se podría interpretar. Pero bueno, todo tiene sus pros y sus contras, y éste es el momento de exhibir su música, sin red.

el 27 de febrero de 1999 fue una de las noches que Darío tampoco olvidará jamás. En el marco de Buenos Aires Vivo, Charly García tocó ante un cuarto de millón de personas. Era una hermosa noche de verano, Charly estaba como nunca, el público también. La frutilla de la torta de Darío era su novia, tocando la guitarra ante esa multitud; para todos, pero también para él. El 1° de marzo de 1999 vivió la otra cara de la moneda. Esa noche tocaron Divididos y los Caballeros de la Quema. Esa maldita noche terminó con dos muertos y dieciséis heridos de arma blanca.

-Todavía hoy me pregunto qué pasó. Fue todo tan raro que no le encuentro una explicación. Yo había organizado 42 recitales de Buenos Aires Vivo hasta ese momento: ése era el número 43. Miré todas las listas de heridos de los conciertos anteriores y todas eran boludeces: un esguince en el pie, un desmayo por baja presión, un codazo sin querer en el medio del pogo, nada serio. Y en ningún show había heridos de arma blanca. Yo visité a los heridos en el hospital, hablaba con los pibes y les decía: “¿Te robaron?”, y los pibes me contestaban: “No, yo estaba bailando, de pronto sentí el puntazo, me toqué, me salía sangre, no me robaron nada”. Dos pibes murieron electrocutados contra una cerca, la casilla donde se produjo el corto apareció completamente destrozada. Aunque no puedo asegurarlo, siempre me quedó la sensación de que alguien armó eso.

Ahora es el secretario de Cultura y Comunicación y vocero presidencial. Dicen que lidera el Grupo Sushi, la Nueva Coordinadora o la Juventud Antoniana. Darío trata de relativizarse. Se reconoce parte de un grupo que integran Antonio de la Rúa, Cecilia Felgueras, Lautaro García Batallán, Hernán Lombardi, Darío Echarte, Luciano Olivera, Alejandro Gómez, todos ellos jóvenes, todos ellos con importantes cargos en el Gobierno. Desmiente que les guste el sushi y que sean tan influyentes: lo enoja la denominación Juventud Antoniana, acuñada por el periodista Horacio Verbitsky. Dice que el tema del marketing y su importancia en las estrategias oficiales han sido exagerados por la prensa, y que si De la Rúa luce austero, sobrio, ante las cámaras, es porque, en efecto, el Presidente es así.

-Venimos de un gobierno corrupto como el de Menem y pasamos a otro que no tiene funcionarios corruptos.

-¿Estás dispuesto a jurarlo?

-Sí, absolutamente. Puede haber un problema de corrupción en la quinta línea del Gobierno, pero en la primera línea, seguro que no.

-¿Qué tiene de diferente este modelo económico con el de Menem?

-Se están sentando las bases para que sea diferente.

-Eso quiere decir que por ahora no lo es…

-(Vacila.)… Hasta ahora, lo que hicimos fue tratar de arreglar los problemas más graves. El país iba a quedar desfinanciado, tenía un déficit de 11 mil millones de dólares, y tenemos que achicar ese déficit para que luego haya plata para otras cosas. La preocupación está puesta en eso.

-A los argentinos suelen decirles eso: que ésta es la etapa de poner las cuentas en orden y que después llegará la etapa superior, en la que disfrutaremos del bienestar…

-Es verdad, a la gente se lo dijeron antes. ¿Por qué nos tienen a creer a nosotros? Porque somos distintos.

-¿Por qué son distintos?

-Porque en la Ciudad de Buenos Aires hicimos eso, y la gente puede verlo. Pero ahora, en los primeros meses de gobierno, no se podía hacer otra cosa.

Esta es la primera y ultima vez que Darío Lopérfido y María Gabriela Epumer van a dar una nota juntos. Eligieron Rolling Stone porque es la única revista que leen los dos. Han rechazado unas cuantas propuestas para presentar formalmente su relación. Decidieron hacerlo ahora, de una vez y para siempre. Como el casamiento.

El novio y la novia se van a casar. Darío estuvo en pareja varias veces, pero jamás se le animó a la temida libreta. María Gabriela tuvo un novio de mucho tiempo y algún candidato epistolar, pero tampoco quiso dar el paso. Antes de ponerle una fecha puntual a la boda, todavía deben limar una diferencia. Para Darío, casarse es casarse por iglesia. María Gabriela está de acuerdo con celebrar la unión, pero lo de la iglesia le da un poco de fiaca y un poco de vergüenza, porque además hay que hacer los preparativos, el curso con el cura y todo eso. Con el resto -pasar por el registro civil, bailar el vals de los novios- están completamente de acuerdo. Ella opina que cuando se casan dos personas que viven juntas, la boda sirve como una reafirmación del amor que las une. Y que hay que celebrar cuando uno encuentra alguien afín con quien compartir su vida. Suena lógico. Todos necesitamos amor: incluso los voceros presidenciales y las estrellas de rock.

Por Daniel Riera y Marta Dillon

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