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Epumer Espumante

Posted in Entrevistas, María Gabriela Epumer, Pocketpop on junio 10, 2008 by nautrus

María Gabriela, Epumer de apellido, tiene sangre ranquel y rockera. La chica presenta un nuevo trabajo, que fue precedido por un mini CD y un jueguito de computadora en el que ella se convierte en la muñeca Mapu, la “Barbie indígena”. La chica que empezó con Viuda e Hijas hoy es mayor de edad.

Por Soledad Vallejos

Ante los ruidos de tormenta que recomiendan guardarse hasta que amaine, a la chica algo le dice que no haga caso, que siga por donde venía, que haga honor al significado ranquel de su apellido y sea escurridiza no como un zorro, sino como dos. Y María Gabriela Epumer no es quién para cuestionar el mandato de la sangre, así que hoy, por estas horas, debe estar descansando del show que dio anoche para adelantar en sociedad algunos temas de su tercer disco solista, el que seguirá a la aparición del simple Pocketpop (un cd pequeñito con dos temas y un jueguito de computadora con ella convertida en la muñeca Mapu, la “Barbie indígena”, a decir de Pipo Cipolatti). “Sé que es un momento espantoso del país, de la economía, pero a mí lo que me mantiene contenta y con ilusiones es hacer música”, desliza enfundada en unos pantalones multicolores tan deslumbrantes como esa timidez que la lleva a susurrar antes que a hablar. “Hacer música y mostrarla. Así sea como hormiguita, eso no me importa, estoy contenta. Y me parece que a la gente también la inspira, la gente se refugia en la música, es el mejor refugio que puede haber.” Y el que ella ofrece es un amparo cálido, de sonidos largamente meditados y cuidadosamente destilados, de una delicadeza que viene construyendo desde mucho antes de los tiempos en que sacudía unos pelos cortos y despeinados con las Viudas e Hijas de Roque Enroll. Es que probablemente María Gabriela no haya tenido alternativa. Si la guitarra de abuelo Epumer acompañaba a Agustín Magaldi, la de papá hace sonar temas clásicos, el hermano Lito es conocido como percusionista de jazz, tía Celeste canta y se apellida Carballo, una prima es guitarrista de blues en Chicago, y para despejar dudas hay “nuevas generaciones de primos” músicos, bueno, a los ocho años la menor de los tres hermanitos Epumer no podía menos que jugar con una guitarra y obligarla a soltar los acordes de “Misión imposible”. “Y empezó todo”.

Las inquietudes de un gnomo

Para María Gabriela tener una “infancia súper musical” significó, por ejemplo, acompañar a su tía Violeta a ver los ensayos del grupo en que tocaba su novio baterista. Así que mientras sus compañeritos del colegio veían al Pato Carret por la tele, la mocosita de pelo lacio tenía primera fila en pruebas de sonido y shows de Sui Generis. “Era un gnomo que iba a todos lados, me colaba en todos los shows, me súper enojaba si no me llevaban.” Fue por entonces que le llamó un poco la atención un muchacho de pelo largo, con bigotes raros, un poco despistado.

–Una vez, Sui Generis tocó de soporte de Madre atómica, el grupo de mi hermano, Pedro Aznar y el Mono Fontana. Me acuerdo que estaba en la prueba de sonido, ahí, mirando. Y estaban Charly (García), con un pianito en vertical, y Nito (Mestre), los dos. Siempre me llamó la atención Charly, bah, me quedó grabado algo. Estaban probando sonido, y él iba chequeando por el escenario. Va caminando por el borde del escenario y de pronto se cae. Se cayó del escenario, se rompió algo, no sé, se lastimó. Siempre me quedó grabada esa anécdota, me pareció un personaje extraño.

Convengamos, entonces, que el gnomo tenía la fortuna de estar en el lugar preciso en el momento justo, bastante intuición y una herencia genética que en esos años todavía luchaba con otro un amor incontrolable por las danzas clásicas. Pero Argentina siempre se ha parecido mucho a sí misma, y cuando ella tuvo edad para el sueño de la guitarra propia, bueno, no había fondos familiares como para subvencionarla, así que los 13 años la encontraron trabajando en una fábrica de zapatos.

–A los 14, me llama un día Claudia Sinesi (luego también integrante de las Viudas) y me propone juntarnos todas las tardes a tocar con el Mono Fontana. El era baterista y estaba estudiando piano, nos necesitaba para que tocáramos las bases y poder practicar. Hicimos un taller todo el verano, fue la mayor escuela que tuve, increíble. Tocábamos ocho horas sin parar, tocábamos temas todo el tiempo, era bárbaro. Y al toque empecé a tocar con María Rosa Yorio, que venía de Los desconocidos de siempre y tenía un grupo solista. Con ella grabé su primer disco.

Un comienzo nada despreciable para una adolescente que acababa de comprar su primera guitarra criolla y de decidir que su necesidad de música era demasiado vital como para compartirla con el colegio secundario. Y así siguió, estudiando, poniéndose al servicio de la música de conocidos y dando clases de guitarra para niños en una biblioteca y de danzas en el estudio de su casa, hasta que una amiga le avisó de un grupo que necesitaba ya, urgente, una guitarrista. “En esa época, no había músicas, no había chicas que tocaran. Cuando había una, decíamos ‘¡¿dónde está?!’, la queríamos conocer, todo.” María Gabriela consiguió prestada una guitarra eléctrica, un amplificador, y salió airosa de una audición tras tocar temas de Aretha Franklin y Gino Vanelli. Rouge, se llamaba la banda que no llegó a dejar disco (“no era fácil, no grababa cualquiera”) pero sí a dar una cantidad considerable de recitales hasta que llegó el ‘82, el conflicto de Malvinas y la prohibición de la música en inglés. Ninguna componía, empezaron los conflictos, cambió la formación cuando volvió Claudia Sinesi y llegó Claudia Alvarez (“una baterista que tocó con Soda Stereo, con Divididos, muy buena”), y terminó desapareciendo.

–Ya conocíamos a Mavy (Díaz), la cantante de las Viudas, y ella tenía la punta de un productor que quería hacer un grupo. Pero no sabíamos, veníamos de Rouge y no queríamos “transar”. Finalmente, armamos unos temas, fuimos con la guitarra española y le cantamos “Estoy tocando fondo”. Papaumbaba, papaumbaba, así, las cuatro con las voces, y Bernardo Bergerc, el productor, abrió la agenda, dijo “graban en un mes, tal día” y nos anotó. Firmó mi mamá el contrato, porque yo tenía 20 años, era menor.

El resto es más o menos conocido: “en dos meses estábamos sonando en la radio, éramos famosas… tipo Popstars, pero incluyendo un poco de onda, vamos. Y desde ahí las Viudas, qué se yo, vorágine, tocar sin parar, discos”.

–Además, era un momento de explosión del pop acá.

–Sí, las compañías discográficas generaron que el pop y el rock fuera un negocio. Todos los grupos tocábamos por todos lados, todos vendíamos muchísimos discos, y era un negocio para todos. Pero cuando los músicos se pusieron un abogado, a las compañías ya no les gustó, porque el músico de rock siempre era, entre comillas, el hippie, el te firmo acá y la plata se la llevaba el otro. Pero ése era un momento de terrible gloria del pop. Ibas de gira por la costa y te cruzabas con todos: Virus, Miguel Mateos, los Abuelos, Charly, Celeste, los Twist. Todos haciendo gira, tocando bien, con gente. Si agarrás una revista Pelo de la época y ves las fechas de la costa, ves que era terrible. Estaba divertido.

Por eso, cuando la diversión, crisis económica mediante, se acabó de un día para el otro (“Interdisc, que era nuestra compañía, cerró, un día vamos y está quebrado”), el ir y venir de abogados y demandas terminó por agotarla. “Se diluyó, nos desgastamos, dijimos ‘paremos’.” Y para ese ánimo tampoco fue demasiado bueno que el siguiente proyecto, Maleta de loca, editara un disco de vinilo en pleno ‘89. “Estaba medio agotada de llevar adelante proyectos, empecé de sesionista, no quería pensar en nada, sólo en tocar la guitarra y que la responsabilidad fuera de otro.” Tocó para Celeste Carballo, estuvo de gira con Alejandro Lerner, descansó un poco y volvió con una cantante de los Twist y una bajista de Man Ray… con un grupo hardcore.

–Un trío power terrible. Las dos sacadas ahí adelante, cantando. Era una aplanadora. Estuvimos en Vélez, de soporte de Fito, y ahí me vio tocar Charly. El me conocía, pero ahí había como lucimiento instrumental de cada una, podías hacer muchos solos. Se recopó Charly, “qué bien estás tocando, te felicito”. Me empezó a contar que tenía una gira, que no tenía guitarrista, y le digo, así como en broma, “bueno, llévame a mí”, y me reí. “¿Vos podrías?” “Sí, claro”.

Unos días después, cuando sonó el teléfono y era él, María Gabriela intuyó que la osadía que había terminado con un vago “bueno, hablemos” estaba por convertirse en algo serio. En especial después de que pasaron las seis horas tocando temas de él y zapando en una sala de ensayo, y él la saludó con un “la semana que viene empezamos a ensayar”. Eso fue a principios de 1993, y sigue siendo hasta ahora, convertida en una relación musical y amistosa tan pero tan fuerte que ella ha obtenido de García algo que él siempre negó a sus músicos: la bendición para sus proyectos solistas. Y algo, definitivamente, tiene que tener esta chica para haber sido una de las seleccionadas por Robert Fripp para su primer seminario en la Argentina, en 1994.

–Son seminarios que se hacen en medio del campo, siempre en lugares alejados. Estás una semana conviviendo con otras 50, 60 personas. Para eso, le tenés que mandar una carta a él, explicando los motivos por los cuales querés estar ahí y porqué. No hace falta ninguna grabación de lo que hacés, a él le interesa como el concepto espiritual y humano. Fue una experiencia bárbara, y ahí conocí al guitarrista Fernando Kabusacki, que es lo más, y a Fripp, que después quiso tocar una intro en mi primer disco solista (Señorita corazón, con el grupo A1). Tuve charlas bárbaras con él, reuniones que podías ir con o sin la guitarra, a hablar de lo que quisieras o a mostrarle algo que querías que te explicara.

–Suena a retiro espiritual

–Sí, sí, tiene algo de eso. Cuando él se fue, me puse a llorar. Estábamos todos muy sensibilizados, era terrible, terrible, ya el último día era como… Mirá, me acuerdo y me pongo así. Era estar como al rojo vivo, estabas con mucha concentración. Y cuando se fue era buauaaaaa. Quedé que no pude hablar con nadie por 4 días; nadie se enteró de que había vuelto salvo mis viejos, que fue “hola, volví”, “¿cómo te fue?”, “después te cuento”. No podía contarlo. Fue una experiencia espiritual grossa.

La princesa ranquel

Desde esa mirada por momentos esquiva, por momentos de una firmeza desbordante, asoma una belleza absolutamente particular que se complementa a las mil maravillas con los rasgos de aborigen de piel blanca. Tal vez, claro, eso tenga que ver con su tatarabuelo ranquel, el cacique al que Lucio V. Mansilla, en las páginas de su famosa excursión, define como “el indio más temido entre los ranqueles, por su valor, por su audacia, por su vehemencia cuando está beodo”. Dicen la leyenda familiar y los libros de historia que ese Epumer fue atrapado por las tropas militares el 12 de diciembre de 1878, que sólo pudieron arrestarlo después de haberlo encadenado, que fue uno de los últimos de la tribu en caer ante la misión civilizadora. María Gabriela contó alguna vez que el nombre de la dinastía Epumer significa “dos zorros. El zorro, para los indios, simboliza lo escurridizo, y los ranqueles Epumer eran muy ágiles. Nadie los podía atrapar”.

–Hace unos años, con Samalea y mucha gente más, impulsaste el proyecto de la Montecarlo Jazz Ensamble, un disco que trataba, entre otras cosas, de los aborígenes y la identidad. ¿Ese proyecto tuvo que ver con el descubrimiento de tu ascendencia, o ya la conocías?

–No, ya lo conocía. De hecho, mi tatarabuelo era hermano de Mariano Rosas, el ranquel que fue raptado por los blancos y adoptado por Juan Manuel de Rosas, y del que restituyeron los restos ahora, este año. Yo estuve ahí, estuve con mi papá.

–¿Cómo estuvo?

–Fue una ceremonia. Yo estuve a la noche, en la ceremonia posta, con los mapuches, hicimos la celebración del año nuevo, que justo era ese día. Hicimos la oración para Mariano Rosas. Estuvimos toda la noche, desde las 4 de la mañana hasta el amanecer, en medio de un frío terrible. Fue muy intenso, muy grosso. Pero también está la otra cara, y es que viven en un desastre, en la pobreza total. La comunidad ranquel está muy deshecha.

–Y recién ahora están empezando a reconstruir sus identidades.

–Recién ahora empiezan a saber, y antes no lo querían decir. En La Pampa, la mayoría dice que no son indios. Se pusieron Rosas de apellido, que en realidad así bautizó Juan Manuel a Mariano. Mi apellido, en realidad, es Epumer Rosas, pero todos usan sólo el Rosas, como para negar eso, zafar. Recién ahora se están mostrando y diciendo que son indígenas. Y el disco de Montecarlo, bueno, lo hicimos porque nos copó la idea de mezclar generaciones, estilos de música y nos parecía como que redondeaba el hecho de, si se vendía algo, ayudar simbólicamente a las comunidades indígenas con ese dinero. O generar ese disco y hacer un movimiento de prensa para que la gente recordara que eso existe. Era muy romántica la idea…

Y tan ideal que la compañía discográfica que apoyó el proyecto “lo hizo a beneficio de ellos”. Pero, más allá de ciertas intervenciones, no es casual que su primer paso fuera de una formación preestablecida se haya relacionado de manera tan estrecha con las identidades.

–Eso, lo de Montecarlo, fue la primera cosa que hice individualmente, digamos, aunque tampoco era sólo mía. De ahí, nos fuimos a hacer el Unplugged a MTV con Charly, que estuvo buenísimo. Pero nos peleamos, nos peleamos todos con él, y él nos echó, todo, a todos. Ibamos por Miami y no nos quería saludar. Yo venía componiendo hacía mucho, entonces, cuando volví, dije “bueno, me voy a alquilar una sala, voy a hacer mis temas, voy a salir por los bares a tocar”, y empecé con A1. Es como que, en realidad, empecé a hacer tarde mis propias canciones, pero tarde en un sentido cronológico, porque recién entonces era el momento en que yo me sentía segura de mí como para empezar a hacer algo.

Así parece ser: una chica que se toma su tiempo, que prefiere pasar por demorada antes que apresurarse y dar el mal paso. Prefiere, dice, ir “abriendo puertitas como hormiguita, como ir haciendo, logrando cosas”, y si es de manera independiente, pues tanto mejor.

–Lo que me gusta es el mientras de esto, el transcurrir, ir creando, pensando cómo hacer la tapa, cómo va a salir el disco, la cocina. Yo no tengo ninguna compañía hipermultinacional atrás, tengo a DBN, que es una distribuidora mediana, y a Popart, que es un sello que está comenzando, no están poniendo dinero para que suene en las radios. Mi lanzamiento es tranquilo. Tiene mucho que ver mi trabajo, estoy así, como encima de todo, y eso es medio angustiante, porque querés mostrar lo que hiciste. Es el precio de la independencia, pero bueno, yo estoy feliz.

–¿Te molesta que desde la prensa se suela comparar a las mujeres músicas, aunque no compartan estilos, por el simple hecho de que sean mujeres?

–Es un problema de los creativos de los diarios, que se deben quedar sin temas de notas. Agrupar y comparar no tiene sentido. A mí me parece que está buenísimo que haya un montón de mujeres. Es más, hubo como un hueco en unos años que Fabiana (Cantilo), Hilda (Lizarazu), y Celeste, que son medio pioneras en carreras solistas, desaparecieron un poco, y a mí me molestaba un poco eso. Porque claro, tienen un hit, después hacen otra cosa que no vende tanto y después chau, todo el mundo las sepulta. Me molesta porque son talentosas. Celeste, por ejemplo, no es porque sea familiar mía, pero me parece la mejor cantante argentina. Yo la escuché cantando el Ave María en la iglesia en casamientos familiares, o cantando música española, flamenco, cualquier cosa a capella y te mata, te destruye. Es un genio. Me gusta que haya mujeres haciendo cosas, me parece que tenemos una sensibilidad diferente, y que tiene que ser el ying y el yang. Y a algunos les gusta mucho menospreciar el trabajo de algunas mujeres, lo cual me parece patético. Pero bueno, cual gladiadoras hay que seguir a toda costa. Pero a pesar de eso, no me iría nunca, eso sí. No me iría a vivir a otro país. A pesar de que cuando viajo veo que las cosas en otros lugares son muy distintas, que no hay tanto vedetismo, prefiero ir y venir, que es lo que hice siempre. Siempre estoy viajando y tocando afuera, o con Charly o con mis cosas, y me encanta volver. Me encanta la Ricchieri, aunque sea una desgracia, o la General Paz, que se atasca el tránsito. No me importa, me gusta acá. Soy de acá. No sé, sentís que tenés algo acá.

Mirada de Mujeres en Pagina/12

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María Gabriela Epumer: Por fin sola, pero con Darío

Posted in Entrevistas, María Gabriela Epumer on junio 1, 2008 by nautrus

Domingo 23 de julio de 2000

La guitarrista de Charly García presenta su primer disco como solista y mira optimista el futuro. Tocará en Estados Unidos y su carrera crece. El amor también le sonríe, junto a Darío Lopérfido.

Se abre la puerta y arriba de unos zapatones con plataformas de colores hace equilibrio la silueta torneada de la tataranieta del cacique Epumer, famoso por ser el más bravo y noble de los indios ranqueles que habitaron las pampas siglos atrás. La descendiente acaba de lanzar su primer disco como solista después de tanto tocar la guitarra en bandas ajenas. Por eso en su departamento de la calle Dorrego hay un alboroto de bolsos y gente circulando desde la mañana, cosa que ha alterado sensiblemente los nervios de Nina, una gatita aficionada a dar brincos espeluznantes sobre la falda de las visitas. En medio del caos doméstico, la dueña de casa permanece cual Sai Baba.

“Si te viene bien, me quedo ya pintada para las fotos”, sugiere María Gabriela, al tiempo que vuelve a acomodarse bajo la mano de una maquilladora empeñada en dibujarle ojos misteriosos, justamente a ella que lleva en la sangre la leyenda de la dinastía de los zorros. Pero por suerte ni el delineador negro ni el labial con brillo habrán de velar la extraña belleza de esta mujer de 36 años y caderas prepotentes, tímida pero astuta para huir de las preguntas amenazadoras. Casi podría decirse que María Gabriela Epumer es un raro caso de justicia poética.

“En lengua ranquel, epumer significa dos zorros, y en la tribu mantenían la tradición de bautizarse según el animal al que cada familia adoraba. Mi tatarabuelo fue el cacique Epumer, un tipo escurridizo al que nadie podía encontrar. Era como un zorro: imposible de cazar”, cuenta, tras despedir al séquito de expertas en cosmética y calmar a la fiera, que ahora amenaza con trepar a un televisor de 29 pulgadas.

“En mi familia no le han dado mucha bolilla a los antepasados, salvo un par de tías que guardaron algunas cosas. Yo hice mis propias averiguaciones y, por ejemplo, Lucio V. Mansilla le dedicó al cacique Epumer un capítulo entero en su libro Una excursión a los indios ranqueles. Ahí supe que cuando tomaba aguardiente el tipo se ponía bravo, que era grandote pero muy elegante, temerario, de sentimientos nobles. Incluso describe a una de sus mujeres, una india de belleza envidiable. Quedan todavía algunas reservas ranqueles en La Pampa, con las que mantengo contacto, también con otros familiares lejanos que son mapuches, porque además somos descendientes de Ceferino Namuncurá. Pero desafortunadamente a fines del siglo XIX la campaña del desierto no dejó muchos indios vivos. Después de muchos años, los hombres de Rosas lograron apresar a mi tatarabuelo. Encadenado se lo llevaron a la isla Martín García, y como era exótico tener sirvientes indios, el senador Cambaceres, hermano del escritor, se lo llevó a su casa de Bragado. Pobre, cómo habrá sufrido al perder su libertad que al poco tiempo murió de tristeza…”

En la ruta genética de la guitarrista predilecta de Charly García hay una leyenda de excesos y epopeyas, una andaluza y un indio de pura cepa fundidos en la piel blanca y la mirada de flecha de esta chica que muta en otra cuando habla de música. “Papá es morocho, reindio. Yo soy más bien carapálida. Nací en la ciudad, pero tengo espíritu indio, y eso me honra. En mi timidez, muchas veces me siento como encerrada en una toldería, meditando. Sin embargo, subo a un escenario y es como un desahogo, está todo bien ahí.”

Todo bien ahí nació en Villa Devoto, y bajo esta apariencia contenida hubo una malcriada como pocas que tomó la mamadera hasta los 5 años, que se emperró en comer sólo papas fritas y llevar a la escuela una frazada sucia en la que andaba envuelta todo el día. Un racimo de caprichitos permitidos sólo por ser la menor de tres hermanos y llegar al mundo una década después de que sus padres descartaran la idea de aumentar la progenie. De muy niña, la mimada de los Epumer dio pruebas de haber heredado las aptitudes musicales de la familia. Nieta del guitarrista de Agustín Magaldi -rebautizado Espumer para disimular la procedencia-, hermana de Lito y sobrina de Celeste Carballo -hermana menor de Dora, su mamá-, María Gabriela vio la luz con la guitarra bajo el brazo.

“Horrible: era muy tímida y me costaba mucho vincularme. Para colmo, se reunían todos a tocar en mi casa. Mi primo con la batería, un tío que improvisaba sobre bases de rock, mi hermano y los amigos, la tía Celeste, y cuando llegaba mi turno me escondía debajo de la mesa o me encerraba en el baño para que no me vieran cantar… Dale, vení, decían. Pero era imposible imponerse entre todos ellos, eran una vorágine. Encima, mis padres fueron muy cariñosos, comprensivos y permisivos: si no quería comer no insistían, si no quería estudiar tampoco pasaba nada. Tenía pocas amiguitas. La gente hoy me dice: ¿cómo es que sos tan tímida y tocás con Charly delante de 20.000 personas?” Apenas entró en la primaria afloraron esas inquietudes innatas: ahí nomás la anotaron en cursos de piano y danzas clásicas, actividad que practicó sin interrupción hasta los 30 años. Pasó por las escuelas de Olga Ferri y Clotilde Freire. Más tarde, estudió las técnicas de danza contemporánea de Fredi Romero y Ana Itelman. No se perdía ni un recital del grupo Madre Atómica, donde su hermano tocaba junto a Pedro Aznar y al Mono Fontana, mostruos que escuchaba con las manitos apuntalando los cachetes. Así descubrió que era imposible escaparle al destino: cumplidos los 10, la promesa partió a estudiar guitarra con Jorge Stirikas, profesor y compositor del teatro Colón.

“La música es todo. Me podía expresar, podía mostrar algo de mí. Al fin me animaba a llamar a alguien para decirle: ¿vamos a tocar la guitarra? Tenía 13 cuando Claudia Sinessi y el Mono Fontana me ofrecieron debutar con Los desconocidos de siempre. Fue bárbaro, porque como también acompañaba a mi hermano a zapar al bar Jazz&Pop, todo era un aprendizaje y un desafío constante. A los 15 grabé mi primer disco con María Rosa Yorio, y no paré. Le dije a mamá que no quería ir más a la escuela a perder tiempo. Venía muy tarde de ensayar y a la mañana siguiente iba dormida a clase. Además, no me interesaba. Yo estaba en otra.”

Durante su paso por Rouge, donde tocaba con su amiga Claudia, un día apareció un productor en busca de un grupo de chicas para grabar.

¿Quiénes son estos caranchos?, preguntó aterrado Bernardo Bergerac al asomarse por la puerta y ver a unas mujeres pintarrajeadas con los pelos batidos y un atuendo terrible esperando en el hall.

“El tipo se escondió y no nos quiso atender. Al día siguiente volvimos, bajamos un poco el look y le tocamos Tocando fondo. Abrió la agenda y dijo: graban en un mes. En dos, Viuda e hijas del Roque Enroll fue un boom. Era la época dulce del pop y no había ninguna banda como la nuestra. Fue una fórmula explosiva: éramos chicas, raras, nos divertíamos ridiculizándonos, vestíamos bien kitsch. Ganamos mucho dinero. Con Llolypop, el segundo disco, vendimos 200.000 copias. Yo tenía apenas 19 años…”

Un lustro de éxito: las viuditas vendieron a rabiar, recorrieron el país y llenaron el Luna Park. Llegó la fama a la familia Epumer, aunque a Celeste ya le iba muy bien en esa época con Me vuelvo cada día más loca.

“Jamás fui narcisista, siempre fui muy tranquila en ese nivel. Creo que eso me ha permitido tocar con Charly desde hace siete años. El sabe que jamás me voy a subir al talento ajeno ni voy aprovechar la fama de nadie. Creo que el éxito es algo pasajero. Sin ir más lejos, en Viuda e Hijas… no podías mostrar virtuosismo. Yo no soy virtuosa, pero no había espacio para individualidades. Eramos un bloque de voces, ropas y sonido y nadie se lucía de más. Entonces no era como ahora, que si bien es difícil grabar en una multinacional, es posible hacer el disco en tu casa. Por ejemplo, yo me monté mi salita de ensayo, alquilé las cosas, lo terminé sola y me asocié con el sello DBN, pero si querías salir al mercado necesitabas estar dentro de una compañía, como nosotras en Interdisc, con Pelo Aprile. Estábamos a punto de grabar el cuarto disco, en 1985, y la compañía entró en convocatoria de acreedores. Un día fuimos y la puerta estaba cerrada. Se habían ido todos, incluido el dueño.”

De abogado en abogado, cartas documento y broncas, Viuda e Hijas dejaron de tocar, hasta que un día el grupo se disolvió sin querer. Tras el duelo y tres años solita, en 1988 formó otra banda femenina. Pero Maleta de loca editó el disco en plena hiper-inflación.

“Una desgracia…, pero nunca abandoné, no podría. Soy de salir a pelear y no de andar lamentándome por los rincones. En esos momentos trabajé con mi tía en un disco, hice giras con Lerner, porque no tenía plata, aunque fue una gran experiencia. Pasé por todas las etapas, desde fabricar ropa y tocar hardcore con el grupo de mi prima Flopi hasta participar en un seminario con Robert Fripp y subir al escenario del Lincoln Center con Charly y Mercedes Sosa. También con Fernando Samalea, que toca acid jazz, sacamos un disco con Fats Fernández. Es difícil de entender, pero para mí la felicidad es tocar la guitarra donde me escuchen, donde la gente me reciba bien. No aspiro a agotar ventas. Tocar para otros fue una búsqueda, no quería llevar adelante un proyecto propio. Sólo ahora, con Perfume, encontré mi identidad.”

“De política no sé nada ni quiero saber”, dispara apenas le preguntan cómo se le cruzó en el camino una disciplina tan distante de la suya y con la que lleva tres años de relación, y uno y medio de convivencia en el soleado departamento de la calle Dorrego.

Fue un añadido inesperado, dice. A Darío Lopérfido lo conoció en el cumpleaños de una amiga en común cuando él era subsecretario de Cultura de la ciudad y ella no entendía ni mu de subsecretarías.

“En casa él es Darío y punto. Tratamos de aprovechar las pocas horas que tenemos para vernos, porque justamente nuestros intereses son distintos, como nuestras vidas también lo son. Yo no ando aparentando nada en ninguna fiesta, ni me meto en sus cosas. Al revés: él viene más a mis recitales, porque le gusta la música. Pero la gente es invasiva y algunos me internan, y eso que por ahí nos vemos una hora y media, a la noche… Yo soy bastante frontal. No voy a perder mis pocas horas con él para transmitirle mensajes ajenos”, aclara, a punto de encerrarse en la toldería y clausurar la entrada.

“Lo que pasa en el país me afecta, nos afecta a los dos. Lo único que yo puedo hacer es seguir haciendo música y no instalarme en la queja.”

Seguir el mapa de su instinto le trajo felicidad: irá a Los Angeles para tocar como invitada en House of Blues. Hay dos sellos españoles interesados en su disco y espera grabar con su parienta la cantante mapuche Beatriz Pichi Malén. Fiel a su estirpe, lo más sabroso para ella es crecer solita. Libre y solita.

Texto: Marina Gambier
Fotos: Daniel Pessah

“Por ahora, todo bien…”

La pareja con Darío parece establecida. ¿Piensan tener hijos? Ja, ja, ja… Se conversa cada tanto, el tema. Me gustaría, puede ser muy nutritivo tener un hijo, algo importante para el crecimiento. Está en nuestros planes, pese a que no soy muy paciente, quizá porque soy medio chiquilina todavía. Uno no renuncia nunca a esa parte de niño, es la parte con la que se crea, con la que uno juega…. Pero tener chicos está en los planes de los dos. Estamos bien, queremos compartir más cosas. Igual, nada es siempre estable, hay que ver cómo nos adaptamos a lo que sigue. Yo no soy de instalarme en una cosa, pero por ahora no tengo ganas de partir.

LANACION.com

Una gira con altura por las calles de Cuzco

Posted in Entrevistas, María Gabriela Epumer, Say No More on mayo 30, 2008 by nautrus

Viernes 12 de enero de 2001
El mundo en primera persona

Por María Gabriela Epumer
Para LA NACION

En junio de 1999 fuimos con Charly García a tocar en Cuzco. Un viaje bastante largo, vía Santiago de Chile, con escalas varias y muchas horas de tránsito por los aeropuertos.

Hicimos una conexión a Lima, donde aterrizamos casi a medianoche y tuvimos que esperar hasta la mañana siguiente para tomar el último avión.

Al menos, a esas horas, la ciudad parecía bastante densa y los alrededores del Sheraton estaban repletos de lugares extraños y cabarets para turistas.

Yo quería dormir, pero como no tenía demasiado tiempo dejé el equipaje en el hotel y me fui con los chicos del grupo al casino.

Nos sentamos en la mesa de black-jack y anduvimos tan bien que nos pasamos toda la noche jugando.

Cuando finalmente amaneció nos condujeron a un aeródromo muy chiquito y tomamos un avión privado contratado por la organización hasta Cuzco.

Era una avioneta diminuta que definitivamente no inspiraba demasiada confianza, pero milagrosamente llegamos a destino.

Como yo soy algo hipocondríaca, apenas aterrizamos empecé a sentirme un poco mal. Me advirtieron que el malestar se debía a la diferencia de altura y me recomendaron tomar mucho mate de coca, la poción mágica contra el apunamiento.

Gruesos paredones

Nuestro hotel era un viejo monasterio de estilo barroco con paredones muy gruesos.

En la puerta siempre había un grupo de vendedoras de ponchos y platería que apenas llegamos me preguntaron el nombre.

A partir de entonces, cada vez que salía me decían, señorita María, cómpreme esto, cómpreme lo otro, qué lindo le queda a usted, tan blanquita. Y me seguían por todos lados.

Así empecé a caminar por las callecitas de Cuzco, una ciudad colonial muy pintoresca, con la sensación aplastante del soroche (como ellos lo llaman) que parecía empeorar con cada subida y bajada.

Tomaba un mate de coca tras otro, pero no había caso. El lugar era espectacular y yo sentía una prensa que me apretaba la cabeza.

Caminaba dos pasos y me agotaba, me faltaba oxígeno, de noche no podía descansar y tenía pesadillas.

Pero Cuzco es una ciudad mágica. La acústica es muy extraña y no sé si es la energía o qué, pero me hizo sentir una paz muy especial.

Y así llegó la noche del show. El escenario era alucinante, estábamos en medio de los cerros y hacía un frío terrible con temperaturas que descendían bajo cero.

En total fueron tres días y como después de tocar tuvimos que salir muy pronto, me quedé con ganas de llegar hasta Machu Picchu. Visité algunas ruinas por los alrededores, caminé un montón y saqué muchas fotos.

En resumen, a pesar del soroche y el frío que calaba los huesos, fue una experiencia inolvidable.

La autora es cantante, guitarrista y compositora.

“Señorita Corazón”

Posted in A1, Entrevistas, María Gabriela Epumer, Notas, Señorita Corazón on mayo 29, 2008 by nautrus

Jueves 29 de enero de 1998

Maria Gabriela Epumer presenta su primer disco solista

La guitarrista de Charly García presentará el viernes, en Buenos Aires Vivo II, su primer disco solista, “Señorita Corazón”. Esa misma noche tocarán Laura Vázquez, Celeste Carballo y Fabi Cantilo

Las emociones se le juntan y confiesa que es la primera vez que se siente un poco nerviosa. Acostumbrada a tocar ante miles de personas acompañando a otros músicos como Charly García, Celeste Carballo o Los Gauchos Alemanes, María Gabriela Epumer no puede escaparle a la tensión que le provoca el lanzamiento de su primer disco solista “Señorita Corazón” y el show que realizará el próximo viernes en “Buenos Aires Vivo II”, junto con Laura Vázquez, Celeste Carballo y Fabi Cantilo.

Su historia reconoce un pasado musical sumamente rico. Fue inte- grante de ese fenómeno de los 80 que se llamó Viudas e Hijas de Roque Enrol, acompañó como guitarrista a varios de músicos hasta que el mismísimo Charly García la convocó para integrar su banda. Con el giró por todo el país y América latina y participó de los últimos discos del músico.

Ahora es el tiempo de su carrera solista, de componer canciones y poner el cuerpo ante una multitud de almas que, seguramente, poblarán el viernes las adyacencias de Figueroa Alcorta y La Pampa para verla.

Dueña de una particular sensibilidad y una humildad poco frecuente en músicos de su trayectoria, María Gabriela Epumer siente que ha llegado el momento de mostrar su arte acompañada por su banda A1, “porque ser solista no me va -dice- Me gusta el concepto de banda para hacer música, pero no me banco la soledad del solista”.

El disco, que estará en la calle la próxima semana, comenzó a gestarse en abril del año último y se terminó en octubre. Tanto tiempo transcurrido se debió fundamentalmente a los compromisos que tenían los integrantes de la banda y los de la misma Epumer.

Los músicos: “El hueco se debió a que el productor Tweety González tuvo que trabajar con Soda Stereo y yo también tuve que viajar. A fin de abril vino Eric Shermanhon, que grabó los últimos tres discos de Iggy Pop, paras aportar lo suyo.Los temas son del último año y en la banda están los mismos, excepto el baterista que es Damián Cantilo, el hijo de Miguel. El bajista es Miguel y el tecladista Martín. Los dos, antes tocaban en la banda de Antonio Birabent”.

Los miedos y las canciones El disco: “Me cuesta mucho definirlo, pero te diría que básicamente son canciones. Lo que tiene de especial o de diferente es la producción y los arreglos. Trabajamos con samplers y el disco tiene distintos tipos de climas. Las letras son de amor de fin de siglo. Algunas son personales y otras son simplemente historias. No me sale componer letras sociales o de política.

Básicamente escribí sin preconceptos y sin pensar en nada en particular. Escribía y las cosas iban saliendo. Fue una necesidad personal de mostrar mis canciones. Después de tantos años de hacer música con otra gente y llevando adelante experiencias de todo tipo, tenía que hacer esto”.

Los guitarristas: “Toco en función de las canciones y me pareció copado invitarlo a Eric. Quizás otro guitarrista no hubiera invitado a otro violero a tocar en su disco. Y nada… es superpersonal y tocó lo que tenía que tocar. También hay muchas cosas de teclados muy importantes aportados por Matías que es supertalentoso y muy creativo”.

Los miedos: “Me estoy dando cuenta de que tengo miedo. Son como muchas emociones todas juntas, el disco sale la semana que viene y tener la oportunidad de tocar en el concierto de «Buenos Aires Vivo II» es fantástico. Nunca me puse nerviosa para tocar. Yo puedo estar hablando así y después tocar para 100 mil personas, como cuando toco con Charly. Pero ahora es realmente muy distinto”.

Con Fabiana Cantilo y con Celeste Carballo: “Cuando estuve haciendo algunos shows en Memorabilia, las invité para que vinieran y estuvimos haciendo algunas cosas juntas. Nunca había tocado con Fabi Cantilo y esa noche estaba muy contenta. Después la invité a Celeste con la que toqué durante mucho tiempo, además de que es mi tía. Y una noche nos juntamos las tres e hicimos unos temas bárbaros como «De nada sirve», en versión funk que a la gente le encantó. Seguramente, después de que nos pongamos de acuerdo, el viernes vamos a hacer algo juntas”.

Ser mujer en el rock: “Yo no soy feminista ni nada. No sé si es culpa nuestra porque nos dispersamos, pero no entiendo por qué no hay en el rock una artista mujer tan popular y que tenga una presencia como la que tienen Spinetta o Charly. No creo que sea por falta de talento, porque están Fabi y la misma Celeste que como cantante es increíble. No sé a qué atribuírselo”.

Las malas lenguas: “Para mí tocar la guitarra es muy natural y desde los 8 años voy a ver shows. Si alguien se hace drama porque yo toco la guitarra no es mi problema, lo lamento. A veces notás ciertas indirectas y te da un poco de bronca. Pero no me preocupa, lo mejor es ser fuerte. Si te coibís por la primera cosa que te dicen o te sugieren, perdés. Uno se expresa de una forma femenina aunque la música es un idioma universal y va más allá del sexo. Aunque convengamos que a algunas personas, de todas maneras, les molesta”.

El folklore: “Soledad es un fenómeno y me parece que está viviendo algo muy grosso. Ella tiene una comunicación especial con la gente. Las cosas no pasan por tener buena prensa. Hay algo detrás, una comunicación muy directa”.

Con Robert Fripp: “Hice un seminario con Fripp. Estuvo bueno, porque fue algo totalmente distinto. Yo fui sin saber a lo que iba. Quería estudiar y aprender algo con alguien que me pudiera decir algo distinto. Escribí una carta y a los pocos días me aceptaron. Llegué y me encontré con que había que levantarse a las seis de la mañana, meditar, lavar los platos, tocar mucho la guitarra y dormir cinco horas por día. Nos daban mucho trabajo y teníamos que componer cosas muy complejas. Teníamos entrevistas individuales con Robert Fripp, pero lo que te enseña son cosas que están más allá de la música. Incorporás conceptos que los podés tomar o no. A mí me gustaban. Aprendés una afinación distinta de la estándar. Tiene un espectro muy amplio porque la sexta cuerda baja a un Do y la primera sube a un Sol y hay que empezar a estudiar de nuevo. Es un lío. Hay que ponerse a estudiar”.

Con Charly: “Me da mucha libertad y a mí me encanta tocar con él. Si tiene algo pensado te lo dice, pero si no hacés lo que querés. A los que tocan cuerdas siempre les pasa algunos arreglos y a veces te escribe las partes. Pero es muy libre. Nos comunicamos muy bien musicalmente y eso me encanta. Ahora no estamos ensayando, pero en la época en que lo hacíamos tocábamos mucho y estaba bueno. Más de una vez estuvimos como diez horas adentro de una sala. Imaginate, después cuando salís a tocar estás súper afilado. Te hablo de la época en que estaba Samalea, Lupano pero después empezó a variar. Hoy no hay una banda muy estable. En «Señorita Corazón» toco un tema de Charly Garcia que es «No te animás a despegar», que me encanta. Una vez lo toqué en vivo y lo invité a que lo cantará. El flaco se súper emocionó. Le mostré el disco y también le gustó aunque tengo que reconocer que se puso un poco celoso. Así es él”.

Las Viudas…: “Ocupan un lugarcito en mi corazón. Es más, el otro día toqué con Mavi Díaz en el Hard Rock y con las otras chicas hicimos, de sorpresa, tres temas de las Viudas… Siempre es divertido y emocionante. La gente se acuerda mucho de este grupo y cuando toqué en el Hard Rock Café un chico que nos estaba escuchando se puso a llorar adelante nuestro. Nunca nos había visto en vivo y nos dijo que el primer beso se lo había dado a su novia con «Lollipop» como música de fondo”.

El peor tema: “¿El peor tema que compuse?. Nadie lo conoce. Los temas que no me gustan quedan guardados en la portaestudio. Soy súper estricta y una autocrítica fatal. Aunque tengo por ahí un par de momias que no se pueden mostrar”.

Felipe León / LANACION.com

María Gabriela se Atreve Sola

Posted in Entrevistas, María Gabriela Epumer, Say No More on mayo 27, 2008 by nautrus

Epumer: la guitarrista edita su primer álbum solista, con Charly García, Fito Páez y Robert Fripp como invitados.

A los diez años comenzó a tocar la guitarra. A los trece, ya hacía punteos con una Gibson blanca propiedad de David Lebón y se juntaba todas las tardes con Pedro Aznar, el Mono Fontana y su hermano Lito Epumer, a recrear canciones de Steve Wonder. Dos años más tarde, concretó su primera grabación en un estudio, para el debut solista de María Rosa Yorio y rondando los veinte abriles, logró sacudir a la escena rockera con las desprejuiciadas Viuda e Hijas de Roque Enroll.

Luego, al igual que Rodolfo -el de los hermanos Orozco-, tocó con todos: desde Charly García -del que se convirtió en guitarrista oficial- hasta Fito Páez, participó en proyectos que la vincularon con varios de los músicos más representativos del rock local.

Ahora, María Gabriela Epumer decidió que había llegado el momento de largarse sola y ya tiene un interesantísimo segundo álbum en el que la palabra solista pierde un poco su significado literal.

Para la grabación contó con la participación del inglesísimo Robert Fripp -el rey carmesí de la legendaria banda King Crimson-, Charly García, Fito Páez, Emmanuel Horvilleur de los Illya Kuryaki & The Valderramas, Francisco Bochatón, Richard Coleman, Fernando Samalea y Fernando Kabusacki, entre otros. Además, versionó una canción de Luis Alberto Spinetta, una de La Máquina de Hacer Pájaros y otra de Daniel Melero.

Perfume de mujer

En el hermoso departamento que comparte con su novio, el secretario de Cultura y Comunicación Darío Lopérfido, Epumer le anticipó a La Nación cómo será “Perfume”, el disco que se editará en apenas diez días. Además, habló de sus inicios, de Charly García, “El álbum tiene muchas licencias -asegura la guitarrista-, no me até a nada. Son dieciséis temas, de los cuales tres, son covers: “Ah, te vi entre las luces”, de La Máquina de Hacer Pájaros; “Canción para los días de la vida”, de Spinetta, y “Quiero estar entre tus cosas”, de Melero. Son canciones que siempre me gustaron. Los dos primeros especialmente desde mi adolescencia y entonces, fue como darme un gusto muy personal”.

-Como el de incluir un soundscape de Fripp.

-Sí, por supuesto. Aunque fue medio casual. Kabusacki -que forma parte de la banda estable de Epumer- le contó a Fripp que estábamos grabando, y le preguntó si le interesaría participar. Le mandé una copia de las canciones y al tiempo la devolvió con la grabación. Compuso unos sonidos increíbles para el comienzo de “Quiero estar entre tus cosas”.

-El disco, por todos los invitados, huele a seleccionado argentino de rock. ¿Cómo lograste juntar a tantos artistas de primer nivel?

-Se fue dando. Algunos pasaron por el estudio de casualidad y los sumé. Y a otros los llamé porque me parecía que para determinadas canciones, eran los ideales. Creo que un álbum como éste es atípico más que nada por los egos que suelen haber alrededor de cada artista. “Perfume” es como un disco de invitados, en el que hago de anfitriona.

El álbum resulta de lo más ecléctico: canciones oscuras -“Fuga”, a dúo con Coleman-, bossa nova -“Desierto corazón”-, pop eléctrico -“Perfume” y “Otro lugar”-, funk -“Sus ropas”, con letra de Horvilleur-, foxtrot -“El foxtrot”- y jungle -“Primera luz”-, son algunos de los ritmos y géneros con los que la guitarrista juega y sorprende.

En el planeta Charly

Para Epumer, éste es el verdadero comienzo de su carrera solista. Porque si bien ya había experimentado, dos años atrás, un proyecto más personal con el grupo A1, ella no lo cuenta como tal.

“La experiencia fue muy buena -remarca-, pero ahora es como que me siento más libre. A pesar de todo, el de A1 no fue un disco solista. Y hasta este momento, no me había decidido a largarme sola. Me gusta mucho aunar fuerzas y por eso una banda siempre me pareció más enriquecedora.” Cuando la charla deriva en anécdotas y vivencias junto a su amigo íntimo Charly García, Epumer sonríe con ternura: “¿Cómo convivo con el planeta Charly?, básicamente, me divierto con él. Estar con Charly es como estar en el ojo de la tormenta. Intensidad todo el tiempo. Pero a la vez es aprendizaje, tanto en lo estrictamente musical como en cosas de la vida misma. Lo admiro mucho y lo quiero un montón.

-¿Qué significaron las Viudas en tu carrera?

-El grupo con el que el público me conoció como personaje y no quizá como guitarrista. Ninguna de las cuatro tenía un lugar de lucimiento. Muy a pesar de que tocábamos cosas difíciles. Todos nos subestimaban, pero eran ritmos difíciles de tocar. Pero me gustaba y me redivertía porque con las chicas fue como una fórmula mágica. Nos divertíamos, ganábamos plata y poníamos nerviosos a algunos músicos que, por prejuiciosos, nos mandaban a lavar los platos.

-¿Y cómo te ves a vos misma dentro del rock local?

-Como una chica muy trabajadora y perseverante en busca de la música, y no de la fama o de vender 80 mil discos. Soy como una hormiguita que, muy despacio, llega finalmente a sus objetivos.

Viernes 14 de abril de 2000 / LANACION.com

María Gabriela Epumer Produjo Pasaje La Blanqueada, el Ultimo Disco de su Hermano Lito

Posted in A1, Entrevistas, Lito Epumer, María Gabriela Epumer on mayo 18, 2008 by nautrus

clarin.com
Gabriel Senanes
Jueves 26 de diciembre de 1996, Buenos Aires, República Argentina

Ella toca con Charly García y tiene su propia banda. El tocó con Spinetta y hace música instrumental. Provenientes de familia de artistas, los Epumer cuentan la experiencia de grabar juntos.

La cita es en la casa de María Gabriela Epumer. Una vieja casona de departamentos, de esas conocidas como casas chorizo, en plena zona del Abasto. Barrio de tauras y cantores, y con cierta fama de pesado. Un muchachón deposita su apenas cubierta anatomía sobre las baldosas del largo pasillo de entrada. “Disculpame, ¿el primer piso, departamento 10?” Por toda respuesta, un cabezazo indica la dirección correcta. Unos pasos después, su voz verifica: “¿Lo de Gabriela?”. La chica, se ve, es la protegida de sus vecinos. El departamento de María Gabriela Epumer es espacioso, cómodo y bien puesto. Instrumentos, equipos de audio, consolas y otros artefactos vinculados con el arte de combinar sonidos y horarios delatan su vocación y profesión. En torno a un mate, Gabriela y su hermano Lito conversan de un asunto familiar: la música.

Son tres hermanos, los Epumer. “Lito tiene 42, la del medio 39 y yo tengo 33. Nuestra hermana, nada que ver con la música: es jefa de personal. Pero cuando era adolescente, cantaba con nuestra tía, Celeste Carballo, que es la hermana menor de mamá”, informa Gabriela.

“Nuestro abuelo, Juan Epumer, era guitarrista de Agustín Magaldi, y fue profesor de Ubaldo de Lío. El apellido Epumer es de origen indígena, y como no quería que se supiera porque en esa época estaba mal visto, se puso Espumer. Papá tocaba guitarra clásica. La hermana de papá cantaba lírico, y su marido tocaba el violín”, suma Lito. Y completa el sonoro árbol genealógico: “También tenemos primos, como Lucio Maceira, que es un baterista increíble, María Luz Carballo, guitarrista, y Floppy Bernaudo, que canta en Los Twist”.

En lengua ranquel, el apellido Epumer significa dos zorros. En el caso de los hermanos Epumer, un zorro bancó el disco al otro. En efecto, Gabriela produjo el último disco de Lito bautizado Pasaje La Blanqueada en homenaje a la cortada donde está ubicada su sala de ensayo. “Tenía unos pesos guardados, y quise ayudarlo a sacar un nuevo disco”, desliza Gabriela.

En la placa participan viejos amigos de Lito, como el múltiple Mono Fontana -su compinche desde los tiempos de Madre Atómica, allá por 1974-, el bajista Guillermo Vadalá, Luis Alberto Spinetta en guitarra y voz, los bateristas Sebastián Peyceré y Quintino Cinalli, el guitarrista Armando Alonso, entre otros. Y su hermana, claro. En efecto, la productora tocó en un tema de su autoría, llamado precisamente Dos zorros, en dúo de guitarras con su colega y hermano. El resto de las composiciones pertenecen a Lito, y una a Alonso.

“El sonido y la temática del disco es abierta. Es la música que me sale, música instrumental que viene de lados diferentes, con baladas medio tangueras, algunas reminiscencias del folclore y el rock, candombes, en fin, música ecléctica…” Sin embargo, Lito apuntó inicialmente su guitarra hacia otra parte. “Empecé tocando algunas cosas clásicas. Bach, Leo Brower…” En su casa, Lito sigue escuchando música clásica. Y también brasileña, jazz, blues y rock. “Me gustan los músicos que tienen una voz propia. Y eso, aunque estoy en la búsqueda, es lo que yo también persigo”.

“A mí tampoco me gusta encerrarme en un tipo de música, y que sólo me tengan como guitarrista de rock. De hecho empecé tocando jazz, participé en giras de Los gauchos alemanes, el grupo de guitarras de Robert Fripp, y en muchas otras cosas. Me gusta picotear”, apunta Gabriela.

Con respecto a la cocina de su nuevo disco, Lito revela que “estaba todo bastante pautado. Fui eligiendo según mi criterio a los instrumentistas que rendían más de acuerdo con el estilo de cada tema. Por ejemplo, en los candombes y baladas, el baterista es Quintino Cinalli; en los temas donde hace falta más golpe, Sebastián Peyceré. El Flaco es sólo un invitado más. En el disco hay mucho más que la presencia de Spinetta, que es supervaliosa. Pero en mi escala de valores, Luis no es más que el Mono Fontana o Vadalá”, aclara.

Los dos zorros leen música, y alguna vez eso le sirvió a Gabriela para descifrar las partituras que cada tanto le pasa Charly García con sus ideas nuevas.

“Spinetta en cambio nos pasaba los temas tocándolos en la guitarra”, evoca Lito. “Y todo salía fácil, funcionaba, y sonaba”.

Para ambos, la experiencia de tocar con otros y para otros fue un gran aprendizaje, además de un placer. “Cuando tocaba con Spinetta no tenía definido si quería hacer algo mío o no. Y me sirvió mucho tocar con él. Siempre traté de hacer lo que me gustara. Deseché cosas que me hubiesen dado buen dinero y conservar el espíritu rockero. Prefería trabajar con gente del rock que con otro tipo de artistas, como cantantes melódicos”, dice Lito.

Por su parte, Gabriela repasa un currículum que incluye su paso por Rouge, Viudas e Hijas de Roque Enroll, y luego su tía Celeste Carballo y Charly. “Una vez Alejandro Lerner me llamó para hacer cuatro shows, no tenía plata y fui. Me gusta tocar todo tipo de música. Y en todo aprendí… Aparte tengo mi grupo, donde hago mis propias canciones. Es un quinteto que se llama A1, un nombre que le puso Charly. En el verano pensamos grabar”. Se viene el verano.

Entrevista en Una Vuelta

Posted in Entrevistas, María Gabriela Epumer, Say No More on mayo 15, 2008 by nautrus

Por Ramiro Cremona y Julia Ariza
02-04-2003

María Gabriela Epumer llega a esta entrevista apenas unos días después de regresar del primer Guitar Craft de mujeres, organizado por Robert Fripp en las afueras de Washington. Bien dispuesta y en forma pausada, empezamos con su relato sobre la reciente experiencia.

Guitar Craft viene de experiencias grupales, de seguidores de Gurdjeff. Tiene un trasfondo filosófico, Robert mezcló la música con la filosofía y armaron una especie de doctrina. Yo fui a un Guitar Craft, pero de mujeres, orientado a la guitarra y a la voz. Eramos 18 chicas y estuvo buenísimo, yo era la única extranjera, ellos me invitaron a que fuera y que diera clases desde mi visión y desde lo que yo hago. De todos modos es una experiencia bastante grupal, justamente es para trabajar eso. Yo aprendí de los demás, en general sacás muchas cosas positivas. Por ahí musicalmente no me traje tanto, más di. Pero sí en otras cosas aprendí, conocí gente… Para mí es una experiencia más personal o espiritual que musical, en ese grupo al menos.

¿Y cómo conciliás esto con lo que estás haciendo ahora, más ligado a la electrónica, alejado de lo que es propiamente la guitarra? Además, ¿a qué se debe esa elección? ¿Es música que te está influyendo ahora?

Siempre trato de a cada cosa sacarle provecho y, si bien es más electrónico lo que hice en Compilady, también hay guitarras. Normalmente, compongo con la guitarra y eso siempre va a estar. Señorita Corazón, que es mi primer disco, ya es bastante electrónico. Lo que pasa es que toda la vida hice canciones pop y las produje con algunos sonidos, no es que ahora que está de moda lo haga. Por ahí sí ahora me llega más porque de hecho suena más. Bueno, con Matías Mango, el tecladista, empezamos a armar el disco y salió eso. Además, justamente la idea era reversionar algunas canciones como lo veníamos haciendo en vivo, no tanto como una versión sino para que los temas parezcan remixados, cuando en realidad grabamos todo de nuevo. Había varios temas que habíamos remixado en vivo, pero pusimos esos para darle un toque diferente al disco, que no fuese sólo “me armo el cd”, poner las mismas canciones…

¿Y con respecto a la versión de Melero?

La versión de Melero, como la canción de Spinetta, “Canción para los días de la vida”, son canciones que yo canto en mi casa, que me gustan. La de Melero, del disco Travesti era la que más me gustaba. La tuve que cambiar de tono y… un día la estrené en vivo en algún lado y ya quedó en el repertorio..

Es el único cover que ponés en Compilady

En realidad quedaron bastantes afuera. Me gustan casi todos los que hicimos para poner, pero no entraban… Aparte quería poner videos.

Es llamativo todo el tema del diseño, la importancia que le das tanto a nivel del arte del disco, como a la vestimenta, o a la muñeca Mapu… son un agregado visual para a tu música.

Es que tengo la suerte de tener alrededor gente súper talentosa y que capta el concepto al instante. Primero con Pablo Rodríguez Jáuregui que es un videasta increíble, después con Mariela Chintalo, con la que empezamos como un juego con lo de Mapu, ella me dibujó un día y salió todo -y ya todo el mundo me llama Mapu-. Y después también con Mariano Lucano que es el que realiza y el que aporta su parte artística en la realización de las tapas, si bien por ahí eso parte de alguna idea que yo tenía, él las hace realidad.

Pero vos, ¿qué buscás al darle esa importancia?

Me re-entusiasma decir “bueno, voy a hacer un disco, a ver la tapa”. Eso me encanta. Terminé el disco o estoy terminando y ya empiezo a mirar objetos. La lata de Pocketpop salió un día que estaba con Mariela por el Once, buscando un packaging, y se me ocurrió al ver las latas de pomada Washington. Con Compilady, la cuestión era que era un lanzamiento independiente por lo cual no tenía plata y tenía que hacerlo a la vez económico e ingenioso. Fui un día a comprar cd’s vírgenes y estaban las cajitas que son de Playstation, donde vienen los DVD, pregunté si tenían de colores y las reservé, en rojo. Y de ahí arranqué, además ya tenía la idea del dibujo…

La delicadeza del cartoncito de las ediciones japonesas es muy original

Sí, porque en Japón vendo discos ya hace rato, y yo sé que todos los discos tienen el lomito, y hacerlo no salía nada. Aparte tengo imprentas que me ayudan, me cobran menos… Me las ingenio para que sucedan las cosas a pesar de todo…

¿Qué pasó con el contrato de DBN?

Lo rescindí para estar más libre. Si bien ellos nunca se metieron en la parte artística… me río porque DBN en realidad es una distribuidora, que intentó ser un sello, pero no tienen ni ganas ni la estructura. Además, estás atado a sus tiempos… A mí me gusta más decidir más rápido. Soy ansiosa, quería sacar el disco antes de fin de año. Yo necesito cumplir objetivos para tener otros nuevos, sino me queda todo girando alrededor y me perturba.

Compilady se debe en parte al hecho de que tus discos no se conseguían…

Eso es verdad. Es más, yo tengo uno solo de cada uno. Me pareció bueno para estar presente con algo que resuma un poco todo lo que hice hasta ahora, con algunos detalles nuevos. En realidad ya estoy preparando y componiendo cosas para el disco nuevo, con el que no sé si llego para este año pero sí lo tendré para el próximo, seguro.

Pero ¿qué prioridad tiene para vos tu carrera solista?

Va saliendo naturalmente. Hay temporadas en que me retraigo más y compongo y me dedico sólo a tocar con Charly, me pagan, vuelvo y ahorro para poder hacer lo que quiero. Cuando uno sale a tocar tu responsabilidad es básicamente musical, y llegar a horario al avión. Cuando armás tu proyecto es todo. Hay temporadas que le doy más, ahora hay un montón de fechas programadas y además hace varios meses que no tocaba con la banda, y con Kabusacki, pero también gracias a eso hago los discos. Porque si bien me da plata mi “carrera solista” como dicen ustedes, por ahí no me alcanza para vivir, para fabricar, para hacer todo. Porque es como que me autosubsidio con mí misma todo…

¿Y cómo es ser la única sobreviviente de todas las formaciones de Charly?

Y… es cuestión de ser flexible con él, adaptarse a sus momentos, como todos. No se puede pretender que una persona sea siempre igual. Ya después de tantos años hay mucho afecto, también hay distancia, porque eso hace que la relación esté a salvo. El secreto me parece que es eso, el respeto. Para mí es un honor haberlo acompañado diez años, una persona que es un genio por más que digan lo que digan. Hay gente a la que no le gusta y eso también es válido, pero para mí es un honor.

¿Te parece que el hecho de haber tocado con tanta gente importante tiene algo que ver con una mejor o peor recepción de tu trabajo?

No sé, porque la gente me conoce mucho como la guitarrista de Charly, pero también a veces me sorprenden con un “uy, las Viudas”. Todo aporta, pero en realidad la gente por ahí piensa que yo soy millonaria, que las compañías me graban los discos y no es así. La verdad es que cuesta. Creo, sin ser feminista, que las mujeres no existimos. Es decir, yo existo, y mucho, pero me hice de abajo y nunca pensé “soy una mujer y soy débil, ay”, para conseguir algo. Pero realmente no hay cabida. No confían en que una mujer pueda llenar lugares. Y bueno, el público es bastante…no generalizo porque tengo mi público que me sigue, pero en general pueden llegar a ser…

Prejuiciosos.

Prejuiciosos, sí. Hace poco me di cuenta de que no hay bandas de chicas. Y de hecho hay un montón, pero no la ves en ningún lado. Hasta el día de hoy no salió un grupo como las Viudas. Pero nos criticaron a morir, especialmente los periodistas, porque llenábamos el Luna Park, porque éramos totalmente transgresoras, unas deformes. Tocábamos y cantábamos bien, pero para ellos éramos un producto. Y como la moda ahora son los ´80 nos dicen “ah, las Viudas, qué grupo”, periodistas que nos mataban. No éramos un invento. Yo venía de tocar jazz, y éramos todas músicas formadas, no Mambrú.

Todo bien con los chicos que se prestan a eso, a mi no me molesta. Pero no pueden poner a Mambrú al lado de alguien que tiene una experiencia atroz atrás. Como en los premios Gardel, donde pusieron a Charly con Mambrú… A mí me indigna, la música que no es artística. Me parece que lo único que hace es perjudicar y llenar espacios donde podrían estar otros. O tendría que estar todo, pero el problema es que acá se fanatizan. Se fanatizan por la plata, finalmente. Claro, si los internan en la televisión y en la radio, al final yo también quiero cantar -canta una melodía de Mambrú-, tener el hit en mi casa, pero si repartieran un poquito para otros artistas sería bueno.

Vos esa dificultad la sentís.

Sí, pero yo estoy fuera de eso. Yo hago otro circuito, a mí me indigna por otros. Dentro de todo yo voy haciendo mis espacios. Para mí la música es un hobbie, si no no podría hacerla. No hago canciones a ver si vendo, me sale y es lo que hago y soy feliz con eso. Imagináte, estás en tu casa, te sale una canción, la grabás y hay gente que la escucha, es lo más. No importa sin son 500, 10.000 o 100 mil. Es como que estoy contenta, igual, no es que quisiera vender más. Para mi ya tener el disco es como tener un chiche… Entonces, por ahí algunos se preguntan por qué no le doy más fuerza a mi carrera, y es porque es así, yo no puedo estar estresada, no me interesaría. Ya estuve en las Viudas que fue una vorágine, no podía estar en la calle… Pero para mí el éxito es una anécdota. Lo que más me gusta es todo el proceso, elegir la tapita, grabar… y si se vende está buenísimo. Aunque no me gusta estar yendo a lugares para ver si conozco a alguien: los conozco a todos. Para mí ya está. Es como una forma de vida, hacer los discos, las canciones, grabar, juntarme con Kabusacki, los músicos. Bueno, ahora salir a tocar en vivo.

¿Te sentís parte de un movimiento de artistas latinoamericanos?

No, yo me siento argentina y no me gusta la música latina. No tengo problemas, de cerca, con Estados Unidos, más allá de mis problemas conceptuales. Pero no estoy en tensión con ellos por una cosa puntual. Y lo que sucede con la música de México, por ejemplo, los que están cerca y sufren constantemente la discriminación, es que obviamente hacen música en base a lo que viven. Y en esa música muestran los problemas todo el tiempo. Pero yo no, la verdad es que no me siento latina, me siento mucho más europea por el concepto artístico que tengo, no me gusta mezclar la música y convertirla en un panfleto. Aunque cuando voy de gira me encanta ir a escuchar músicos de salsa, el concepto que encierra todo lo latino no me gusta.

Pero más allá de “lo latino”, hay músicos latinoamericanos que hacen, tal vez como vos, otro tipo de música. Javiera Parra, por ejemplo.

Ah, sí, sí, Javiera Parra me encanta. La vi cuando fuimos a Viña, por televisión, un montón de videos. Me parece super creativa, creo que está haciendo el mismo tipo de trabajo que hago yo acá, quizás ella tiene un poquito más de apoyo. Y lo que me pareció en Chile es que hay mucho apoyo a las mujeres. Ponían un video atrás de otro de chicas que cantan, increíble. Ahora que lo pienso, por ahí era un programa especial -risas-. Ahora estoy viendo la forma de distribuir en Chile, estoy en eso.

¿Y vas a salir a tocar?

Sí, esto por ahí va a tener algunas mutaciones porque tengo varias opciones de bandas. Como son lugares chicos, si te clavás con que tenés que tener batería, dos guitarras y etc. no podés tocar en ningún lado, o podés pero terminás perdiendo plata, no sé, no hay muchos espacios para tocar donde te paguen. Pero tengo distintas formaciones, aunque no vamos a hacer exactamente las versiones éstas, porque son muy de remix. Un poco lo que veníamos haciendo, más temas nuevos que ya voy a estrenar…

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